OPINIÓN ESTUDIANTILPORTADA

Las máscaras del salvadoreño: cárcel y trinchera

Lisbeth Edith Esquivel Franco

Estudiante de Sociología -UES-

Nuestra historia nos moldea, deja cicatrices y advertencias. Nuestra identidad es forjada por golpes en el campo de batalla y en una tierra que ha absorbido sangre. Somos un pueblo que se esconde tras máscaras exhibidas a la sociedad, defendiéndose con violencia, ya sea en el silencio o en las palabras. Pero no sólo es defensa, es estrategia, es una forma de proteger la propia sensibilidad, sin mostrar el yo debajo distanciado de la realidad, porque “entre la realidad y su persona establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía.” (Octavio Paz). En el intento de mostrar siempre al salvadoreño ideal, tal deseo nos aleja incluso de nosotros mismos.

Tal es el caso del “macho”, un lamentable personaje que vive en constante defensa de su hombría, que nunca nadie la cuestione y asume un papel dominante. La clave es no “achicarse” nunca. “Los que se «abren» son cobardes”, dijo, Paz. La masculinidad del salvadoreño, es una tragedia impuesta para sobrevivir en una sociedad donde la vulnerabilidad es de débiles y traidores, es propio de quienes no son capaces de enfrentar los peligros, por eso son seres “penetrados”. El niño juega a ser fuerte, no llora, se endurece para sobrevivir al entorno hostil. Y al crecer, las exigencias que le hicieron se vuelven parte de él, alguien hermético que ha construido brechas debido a la desconfianza; un hombre que se quiebra en soledad. La máscara de un salvadoreño es, a la vez, cárcel y trinchera.

En un contexto donde la violencia ha formado parte de la cotidianidad, se normaliza la hostilidad y la no vulnerabilidad, para crear un distanciamiento emocional en las relaciones sociales, teniendo como base el temor y la desconfianza en el otro. La exaltación a la fuerza que tiene la masculinidad, y la negación de la fragilidad perpetúa la cultura machista salvadoreña, considerando inferior a la mujer, precisamente porque se “abre” y es conquistada, o sea penetrada. Está marcada debido a su sexo, sumisa desde las dinámicas familiares y sexuales.

La confianza no sólo significa “abrirse”, sino también hacer desaparecer la distancia entre un hombre y el otro, la enajenación y el “no ser hombre de verdad”, pues ha permitido al otro traspasar sus fortalezas. “El ideal de hombría para otros pueblos, consiste en una abierta y agresiva disposición al combate; nosotros acentuamos el carácter defensivo, listos a repeler el ataque”, dice, Paz. Porque desde pequeños “los hombres no lloran”, “los hombres no tienen miedo” y “los hombres son fuertes” y la hombría se mide por la capacidad de resistir.

Lo cerrado y lo abierto, también se manifiesta en el amor, puesto que implica acceder a la intimidad del otro. Se dice, entonces, que el amor es un acto extremadamente violento, ya que rompe el equilibrio y la tranquilidad del otro. Se trata de una lucha por intentar acceder a la intimidad del otro. Sin embargo, en la identidad salvadoreña predomina una cultura de recelo por la intimidad, evitando la emocionalidad a toda costa. Para mantener reservada esta intimidad, se recurre al uso de las máscaras y relaciones sociales rígidas, evitando así cualquier desequilibrio.

La inclinación por la rigidez y las formas cerradas, se refleja también en los formalismos políticos, normativos, sociales y morales. Una forma de contención estructural destinada a mantener el orden, como esa tendencia a la valoración de un comportamiento recatado y formal en espacios públicos, forzando esa imagen de control. “Nuestras formas jurídicas y morales, por el contrario, mutilan con frecuencia a nuestro ser, nos impiden expresarnos y niegan satisfacción a nuestros apetitos vitales”, según Paz. Dentro de un contexto en donde la forma es esencial para la aceptación social, el salvadoreño se aferra a esas formas y formalismos, enfrentándolo a una lucha constante contra la autenticidad, debido a que “el hombre es un compuesto, y el mal y el bien se mezclan sutilmente en su alma.”.

Entonces aparece el pudor, en tanto protección que nace de la vergüenza y del temor a la mirada ajena. “Tiene un carácter defensivo, como la muralla china de la cortesía o las cercas de órganos y cactos que separan, en el campo, a los jacales de los campesinos”, y no sólo se trata de una expresión cultural, sino también de un acto de supervivencia en el contexto de incertidumbre y violencia cotidiana que heredamos.

Dentro de la cultura, la construcción social del género está influenciada por la reserva y el recato. En el caso de las mujeres, el recato adquiere un gran significado, la sociedad espera de ella una imagen de pureza, ternura y discreción respecto a sus deseos. Es instrumento del deseo del hombre, una figura pasiva. Por otro lado, en los hombres, la reserva se manifiesta principalmente en la contención emocional, incapaz de mostrarse vulnerable.

A merced de los deseos del hombre, la objetivación de la mujer se da en función de los valores de sumisión. Nunca se ve como creadora, solamente conservadora o transmisora de ellos. “Prostituta, diosa, gran señora, amante, la mujer transmite o conserva, pero no crea, los valores y energías que le confían la naturaleza o la sociedad”, agrega Paz. La feminidad es comprendida dentro de un marco de pasividad y silencio. Los deseos e instintos no son parte de ella y hacerse dueña de ellos es no ser ella misma.

El ideal femenino se basa en la decencia, pudor, resignación, secreto y sonrisa impasible frente a la sociedad; sigue siendo parte de las expectativas sociales en el presente, a pesar de las luchas desafiantes, donde se ha buscado romper la norma y demostrar que la mujer no solamente es un instrumento pasivo con un rol impuesto por el hombre, y que tiene que seguir para “ser una mujer de verdad” y “ser una buena mujer”.

¡Pero ojo! Las doñas se respetan. Todos deben velar que nadie le falte al respeto, porque es de significado profundo para el salvadoreño: representan tranquilidad, esperanza, vida y ternura. Pero también son objeto de provocaciones, de culpabilidad, de un: “si ella no se respeta ¿por qué la voy a respetar yo?”, de sufrimiento inacabado, de marcas moradas en su cuerpo, porque “se lo merecía”. Por supuesto, la hipocresía es un signo de la cultura.

La dicotomía del ideal femenino de ser una buena mujer, o “una mala mujer”, es hipócrita. Contrario a la mujer abnegada, sumisa y sensible, la «mala» va y viene, busca a los hombres, los abandona”, dice Paz. Es invulnerable, lujuriosa, dominada por sus instintos, independiente e impía, como el “macho”; una “machorra”. Se percibe como una amenaza al orden social.

La simulación y la mentira también se manifiestan significativamente en las relaciones sociales de los salvadoreños. La mentira es parte vital de la vida cotidiana. Así pues, ese dinamismo se refuerza mutuamente, en donde existe una desconfianza generalizada y una mentira aceptada y esperada, debido a que “la mentira es un juego trágico, en el que arriesgamos parte de nuestro ser. Por eso es estéril su denuncia.”

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LPT Redacción

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