
René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
(Sociólogo, UES y ULS)
Don Nico pasaba la mayor parte del día en su silla de barbero -una Koken roja de roble aserrado- esperando a sus clientes con una paciencia que se convirtió en patrimonio cultural de Ciudad Delgado, la que forjó ojeando las noticias de Vietnam en llamas, y las del país, también en llamas, pero éstas había que descifrarlas como si fuera un crucigrama para eruditos. Cuando la tarde ya casi se despedía, sin novedad en la silla, se ponía a relamer las ilusiones traspapeladas en los pasquines picarescos de Hermelinda Linda y, para salir de la modorra de la nostalgia, se asomaba a la calle para contar los buses que pasaban bufando frente a su puerta, siempre abierta a pesar del sol impío o de la lluvia pertinaz.
Sus compinches: una silla giratoria que bauticé como el lugar más fascinante del mundo; un mar de aparejos estrafalarios del oficio, rigurosamente ubicados por orden de estatura, entre los que destacaban: una máquina manual de cortar pelo, SIMCO; unas tijeras, Supercut Detroit; un masajeador eléctrico de mano, Oster Imperial, de dos velocidades; una brocha, Taylor; y una navaja de afeitar, Hamburg Ring Súper. En la pared sur de “La Francesita” -hoy ya sabemos su nombre- colgaba un espejo de bordes azules para que el cliente, con malicia varonil, apreciara el resultado de las mordidas que, sin tregua, daban las tijeras. Cual coro religioso: cinco sillas cazcorvas por falta de uso después de tanto uso, y la cinta de cuero en la que, con habilidad celestial, afilaba la navaja cada vez que se disponía a hacer un lance mortal sobre la barba de turno.
En los años buenos, la barbería era una sinfonía perfecta de cuerpos yendo y viniendo, y los copos de pelo que cubrían el piso, atestiguaban arduas faenas de trabajo, copos que no hay que barrer para que la gente crea que he tenido cien clientes, me decía, susurrando un secreto del oficio. En los últimos años -que se pusieron negros desde que empezó a pagar la extorsión- don Nico domaba la mala suerte guardando, en bolsas de papel, los copos de pelo de los días buenos para espolvorearlos, los días malos, y dar la impresión de que había atendido muchos clientes.
Los instrumentos reposaban en un oloroso talco y en la drástica agua de colonia (English Lavender Atkinsons) que me embrujó de por vida. Esos olores fueron los símbolos patrios de la masculinidad, pues en esos días los hombres se cortaban el pelo en barberías atendidas por hombres. “La Francesita”, era un cuarto de mesón que, con sus dos ventanas de madera, vigiaba los pormenores de la avenida Juan Bertis. Ahí, pasaba horas viendo caer los copos de pelo que cortaba con esmero y, en los momentos de ocio, me entretenía leyendo los pasquines, una y otra vez, hasta que llegaba el nuevo lote con las historias del Fantasma, Archie, Hermelinda Linda, Condorito, y tantos personajes más que la nostalgia pinta de gris. Yo era el primero en leerlos, lo que me hacía sentir parte de la nobleza. En ese lugar, vi pasar los calores más terribles y las tormentas más locuaces, ambientes climáticos que aprovechábamos para entablar pláticas sobre el honor de la palabra dada como garantía.
Yo dejaba de leer cuando oía decir: “pelo y barba, por favor”. Me gustaba ver cómo la brochita, que embadurnaba de espuma en un traste de aluminio, se deslizaba por las mejillas y la parte superior del cuello, como si sobre ese lienzo de piel fuese dibujando mares de algodón; verlo ejecutar lances en la cinta de cuero para afilar la navaja; ver cómo la navaja retiraba la espuma y, con ella, la barba, hasta dejar todo sin asperezas; verlo poner, sobre la cara recién afeitada, una toallita caliente con la que retiraba el exceso de espuma y relajaba la piel. El acto final era pasar por la cara la máquina masajeadora que, con su ronroneo tísico, invitaba a pensar lo indecible y, en ese instante, todos cerraban los ojos y se perdían en un éxtasis que no entendía, pero que anhelaba vivir. Quiero que me pase la máquina, le decía, y él respondía: cuando seas un hombre hecho y derecho te voy a dar el primer masaje en la cara. Lo prometió y lo cumplió el mismo día que saqué la cédula de identidad personal.
A la barbería llegaban personajes de todos los colores sociales, y todos ellos, sin excepción, me daban lecciones de política ortodoxa y de hombría empírica, lo que para ellos se resumía en preguntar: ¿ya fuiste donde “las niñas?… ¡Donde las putas, pues! me aclararon, al ver que no supe qué responder. Cada cliente tenía sus historias específicas: el motorista, que no paraba de hablar del mar de tetas gigantes que le ponían en la cara –a propósito, según él- cuando el bus iba repleto; el profesor de escuela y sus temores por la coyuntura política y la mala leche del supervisor escolar; el sastre, y sus relatos de proezas con minúsculas piezas de tela; el sorbetero, y las ansias de que su hijo se metiera al cuartel para quitarse la carga de ese “huevón”. Y yo, el estudiante de tercer ciclo, a quien miraban con orgullo por alcanzar tal nivel de educación.
Muchos años después, aprovechando que la seguridad pública es pública, regresé a la barbería para cobrar, por segunda vez, la promesa de Don Nico, creyendo que el tiempo no había pasado y que las personas que abandoné, cuando joven, estaban dónde las dejé y cómo las dejé: olorosas a lavanda y talcos.
Don Nico, inmigrante coreano que llegó al país, en los 60s, con más aflicciones que dinero, caminó por el laberinto de la nostalgia y, acomodando la silla roja a mi estatura, con la toallita caliente en la mano y el masajeador encendido, me invitó a sentarme, y el ajetreo bronquial de la máquina lo invadió todo cuando me dijo: pelo y barba están a mitad de precio porque ya no pago la “renta”, pero para vos será gratis si resuelves el crucigrama del país posible que trae el periódico del último domingo de febrero.
Ampliamos: El último interrogatorio







