OPINIÓN ESTUDIANTILPORTADA

Escondiendo la vulnerabilidad

Katherine Abigail Peña Argueta

Estudiante de Sociología, UES

¿Será la sonrisa, la máscara que esconde la tristeza más insondable? ¿Será la sonrisa, la engañosa armadura blanca que hace viables las relaciones sociales? ¿Cuántas sonrisas desviaron la atención de la verdad pragmática? ¿Por qué cuesta tanto mostrar la vulnerabilidad en un mundo vulnerable? Un día me di cuenta de que mi vulnerabilidad, era un arma de doble filo que, con dolo, infringieron en mi contra, que cuando relataba mi dolor, no sólo dejaba que se profundizara en mi sentir, sino que daba detalles con los que me podían lastimar y con los que brindaba formas para acceder a mí. Nadie me contó, yo no lo inventé, el recuerdo de mi llanto después de la traición, que es lo que me empuja a escribir estas palabras.

Siempre pensaba en las buenas intenciones, en las buenas personas; siempre tuve fe en la humanidad, en los que me rodeaban, y aún sigo sintiéndome así, pero con miedo. Ese miedo me hace dudar, me hace confiar menos, me hace rodearme de pocas personas, ese mismo miedo me susurra a los oídos diciendo: mejor sonríe, te están viendo, y no debes parecer frágil como mariposa en la tempestad. Cuando tengo una sonrisa en mi rostro, desaparece la necesidad de desahogo ante mi incertidumbre, ante mis heridas sin cicatrices, esas espinas que me queman el cuerpo-sentimientos.

Antes, evadía mi dolor, no sólo lo ocultaba, hacía lo posible para distraerme y no sentirlo de ninguna forma, pero mi cuerpo comenzó a hablar de forma inconsulta, me comencé a enfermar física y mentalmente, entendí que todo estaba conectado en eso que llamamos memoria. Comencé a llorar a solas, comencé a sentirlo todo hasta gritar, me sumergía en períodos largos de melancolía sin contexto, de ira incontenible, hasta llegar a una aceptación tardía. Después de años, después de reflexiones en mi laberinto de la soledad, después de la experiencia amarga, como la realidad social más vulnerable, supe que la liberación es un proceso continuo, y tuve la conciencia que dejar ese resentimiento dentro de mí, aunque en el fondo sabía que me dañaba y que podía dañar a otros.

Diría que elegí el camino difícil, pero las estructuras sociales que me formaron en un mundo sociocultural solitario, iban acompañadas de fuego. Crecí, como muchas, sin privilegios y con una sensibilidad intensa que es la que me llevó a estudiar sociología. Muchas veces, fui víctima de mí misma, pero entendí que si no dejaba esa máscara, otros se volverían víctimas de mi dolor, sé que a lo largo de mi vida he cometido errores, sé que he lastimado, sé que no he amado como otros lo esperan… y quizá jamás lo haré, porque ese concepto de amor es individual y hasta egoísta, todos esperamos que nos amen como queremos, y cada quien tiene su forma de amar, la mía es parecida al vino, amarga al principio, pero con un dulzor al final, ese dulzor que anda en busca de la boca adecuada.

Mi sonrisa se volvió mi escudo, se volvió mi careta favorita y hermosa, cuando ando por las calles y sonrió, para hacerle competencia al sol, según yo, se opacan las pesadillas, otros rostros devuelven la sonrisa, y quizá mutuamente nos cambiamos la perspectiva de ese día, el dolor cotidiano, del día a día. Sin embargo, sé que al final me descubriré a mí misma, cuando vea mi rostro reflejado en el río de la cultura que reivindica el amor.

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Redacción LPT

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