La tertulia de marzo

René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor (UES y ULS)
Hasta un día antes de la extinción de los partidos políticos cuyos gendarmes de la gobernabilidad eran la corrupción e impunidad, habíamos sobrevivido, o infravivido, para ser exactos (el infravivir es un estado del cuerpo más patético que sobrevivir, según la real academia de la lengua sin pelos) en un país que tenía como régimen político-electoral la amnesia más severa y dolorosa del planeta, y esa amnesia era tan natural en nosotros como si hubiéramos nacido sin gasolina en los ojos; como si hubiéramos tenido los labios cosidos para que no pregonar el dolor ajeno.
Y así, cada cinco años, nos leían el catecismo de la amnesia y nos exigían que arrancáramos del calendario, de la barbería El Putolión, las hojas de los meses con días tristes, y siempre arrancábamos doce, y, poniéndole buena cara a lo que no la tenía, el pueblo, en venganza, las usaba para limpiarse las nalgas antes de asistir a la urna en la que refrendaría la amnesia al ritmo de himnos que hablaban de corruptos vestidos de héroes o de abuelas desalmadas.
Pero, en el fondo de las cosas que están a flor de tierra, estábamos haciendo simulacros de la rebelión electoral que nos traíamos entre manos desde el día en que a la vecina le cobraron la “renta” por deambular -en las cárcavas sin fondo y en los ríos sin cauce- balanceando sus enormes y dulcitos pechos cargados de leche de maíz.
Y fue entonces que supimos que la memoria olvida para no morir de vergüenza en las riberas de la risa de sangre azul; supimos que la amnesia recuerda cuando es azuzada por el perro sarnoso de las deudas o es pisoteada por las cucas de la traición en rojo letrina; supimos que hay que lanzar al barranco los fantasmas sin cadáveres que nos mantuvieron peregrinando en la cueva del miedo que es más larga que el Camino de Santiago; supimos que en el muelle de la memoria atracan los barcos cargados de olvidos y de gente mala que jura tener sombra buena… cargados de fardos repletos de huesos usados que se ven como nuevos en la madrugada de los buitres del exilio; de toneles de sangre de segunda mano o de quinto curul; de ungüentos contra la picazón nocturnal del escroto en cuarentena; y de ojos cerrados que lamieron la desnudez para no sentir el frío del destierro sin salir del país.
Un día antes del maremoto celeste del hartazgo que invade hasta invadirlo todo, comprendimos que es un crimen de lesa conciencia que miles de niños se acuesten sin cenar; y sin haber jugado un buen rato con la gatita que los convierte en sentimientos; y sin haber sonreído al reescribir el poema de amor y resolver, en la computadora nueva, el problema de álgebra que explica la forma en cómo se distribuye la riqueza y la alegría entre quienes nunca las tuvieron… y entonces descubrimos que la nación tiene ombligo y que es lo que hacemos por cambiarla en la tertulia de marzo en la que concluimos que el odio es el amor más fuerte que podemos sentir.







