
René Martínez Pineda / Sociólogo y Escritor (UES-ULS)
“La distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión obstinadamente persistente”. (Albert Einstein, 1955)
Tanto la sociología, como el pensamiento crítico que es su hijo putativo, habitan en una paradoja originaria: sólo se puede transformar lo que se comprende, pero sólo se puede comprender lo que se transforma en primera persona y constantemente. Esa era una paradoja aparentemente insalvable, hasta que Einstein formuló la teoría de la relatividad que cambió, por completo, nuestra percepción-comprensión del tiempo-espacio, dimensión de la física teórica que empezó a ser considerada, por unos sociólogos preclaros, como una singularidad de lo social cuando causa y efecto no tienen un orden predeterminado.
Partiendo de la premisa elemental de que, como cuerpos-sentimientos, somos un proceso sui géneris dentro de muchos procesos complejos, los sociólogos hemos pasado -presencialmente o a través de la lectura- por todas las épocas históricas de la teoría social y de la realidad concreta que las trajo al mundo, algunas veces por parto natural y otras, las más, por una súbita cesárea con complicaciones. En ese empedrado camino -de más de un siglo- recorrido por la sociología salvadoreña y sus portadores (los sociólogos, de jure y de facto) hemos transitado por la etapa de la memoria intangible que nace del recuento oficial de los recuerdos que, con la pinza de la subjetividad, se escoge dentro de muchos disponibles, junto a la memoria tangible que está llena de olvidos, la que es tal porque son los olvidos los que nos hacen sentir la realidad (en la imaginación o en el estómago) y la urgencia política y epistémica por transformarla, desde que nos pusimos a charlar con la vida cotidiana sobre sus historias triunfantes (la de los victimarios, casi siempre) y de sus historias frustradas (la de las víctimas, siempre) y aprendimos que lo cotidiano no mide el tiempo con el reloj de Newton, sino que con tristezas y alegrías, y ambas son el tiempo-espacio de la ilusión colectiva, o sea el territorio de la utopía social de carne y huesos.
Como sociólogos -cuya partida de nacimiento fue firmada por un tal Juan Bertis, a finales del siglo XIX- hemos pasado (en el marco del dilema de su etapa histórica, que es lo más amplio) por todas las épocas de la sociología, con las cuales construimos, destruimos y, ante todo, deconstruimos el mundo dentro de las fronteras del país, teniendo como consejeras la conciencia social y la solidaridad orgánica. Grosso modo, esas épocas de la sociología (dentro de las cuales los sociólogos hemos deambulado por distintas fases) son las siguientes:
1) La época del silencio originario y estéril de las primeras seis décadas del siglo XX, en las que ésta sólo era una materia exótica de cultura general, impartida en la universidad, que incidía en la conciencia individual -la protesta en el silencio vocinglero de las tertulias bohemias y los artículos de la Constitución- y muy poco, o nada, en la conciencia social como hecho que se traduce en organización y movilización militante. Esta es, sin duda, la época más larga y tranquila, así en lo teórico como en lo político-práctico, y puede definirse como el momento de la sociología vegetativa porque era enseñada por abogados con tendencias a la memorización inocua, lo que fue retomado, décadas después, por los sociólogos de papel que analizan la realidad repitiendo de memoria conceptos inamovibles y autores cuyo nombre no saben pronunciar.
2) Cuando la sociología empezó a descubrir la razón práctica por la cual surgió como disciplina social en nuestro país (función emancipadora), los sociólogos -más que la sociología en su talidad- pasamos por el imperativo moral de los años 70s que, con más miedo que valor, nos sacó a marchar y morir en las calles de San Salvador que eran custodiadas, cuadra por cuadra, por la dictadura militar. En ese entonces, salimos a las calles sólo con una consigna indecible en el corazón y una verdad drástica en la garganta que, como readecuación, explicó la realidad desde ella misma (no desde la teoría), y eso nos enseñó a transformar ambas, al mismo tiempo, para resolver la paradoja originaria.
3) Como ineludible proceso de desarrollo ampliado, los sociólogos pasamos por la época de la ingenuidad que militó en la utopía social a la hora del suicidio que, en los años 80s, tomó las armas junto a los libros, y ese hecho tremendamente social nos hizo ser lo que fuimos y nos obligó a hacer lo que hicimos, y se convirtió en la práctica colectiva acumulada de lo que somos y hacemos hoy. En esta época, la crítica epistemológica de la sociología se hizo con balas, no con tertulias; se hizo con muertos y desaparecidos, no con citas a pie de página o doctorados. Esta fue la época de la sociología quijotesca de la transformación social que, luego de un lapsus grotesco en los 90s, tomaría la palabra en la segunda década del siglo XXI.







