El plano que nunca dibujé

Fátima Alejandra Zamora Rivera
Estudiante de Ciencias Jurídicas -ULS-
“Faber est suae quisque fortunae” (“Cada uno es artífice de su propia fortuna”, Apio Claudio, el Ciego).
Vivir es tomar decisiones sabiendo que influyen en nuestro destino, por lo que escoger sabiamente no es una opción, es una necesidad. Mas, ¿son correctas todas las decisiones que tomamos?
Desde niños nos inculcan que debemos elegir una profesión que ejerceremos el resto de nuestra vida, pero no todas satisfacen nuestras expectativas profesionales y personales. Entonces ¿cuál es el camino por seguir? ¿Cuál es nuestro deber ser, cuál nuestro dharma, como se entiende en la India?
¡Qué ironía! A esta edad me veía encerrada en un cuarto lleno de colores, con la escuadra en la mesa, bosquejos y mil maquetas inconclusas, nunca pensé que estaría conociendo la diferencia entre: derecho natural y derecho positivo, regla y norma, jurisdicción y jurisprudencia, sin mencionar los 274 artículos de la Constitución.
Hubo un momento en el que tenía claro mi futuro: a qué edad graduarme, cuándo conseguir un empleo, cuándo comprar una vivienda, etc. Con el paso del tiempo, las circunstancias hicieron que mi vida tomara un rumbo diferente al planeado. Cuando tenía 6 años me quedaba boquiabierta viendo los antiguos edificios del Centro Histórico, la catedral de Santa Ana, la Iglesia El Rosario. En mi mochila nunca faltaban un cuaderno de dibujo y mil colores. En la escuela participé en todos los concursos de dibujo, y aunque no siempre ganaba me sentía feliz por mostrar mi versión del arte. En ese momento sólo importaba ver mi dibujo pegado en la pared, porque era un bosquejo de mi indescifrable espíritu.
A los 10 años, ya sabía qué quería estudiar en la universidad. Era obvio que mi destino era ingresar en la Escuela de Arquitectura. Mis compañeros me decían: “cuando me case, quiero que diseñes mi casa, me haces descuento y no te olvides de nuestra amistad”; “yo seré doctor y mi casa va a tener dos plantas y un enorme jardín”. Mientras ellos imaginaban con números sus casas, yo diseñaba territorios en los que lo hermoso tenía que ver con el amor y sus suspiros, y eso de alguna forma era representar al Principito.
Sabía que mi familia no era económicamente estable, pero esperaba tener el apoyo para estudiar lo que tanto había soñado. En el primer año de bachillerato, mis notas en matemática no eran sobresalientes, así que mi familia sugirió que debía estudiar algo acorde a “mis capacidades”. Pero ¿qué se puede hacer cuando la ilusión es más grande que cualquier cálculo frío?
Dejé que la situación se calmara y decidí obedecer. Con el tiempo me di cuenta de que mis intereses eran mucho más diversos de lo que imaginaba, pues podía pasar, con un pestañeo, de leer sobre historia, a interesarme por el diseño, aprender sobre medicina o comprender cómo funcionaba la mecánica automotriz. Poco a poco descubrí que tenía intereses muy variados y dejé de imaginarme dedicando toda mi vida a una sola actividad, y me rebelé a la idea fija que tenía desde niña: tener que escoger una profesión para siempre.
Mis inquietudes eran potros salvajes corriendo en las praderas oscuras de mi imaginario, pero no me sentía perdida, sólo estaba absorbiendo nuevas cosas que no tenían nombre. Todavía no sabía qué camino seguir, y entonces comprendí que a veces las respuestas nacen antes que las preguntas.
Cuando miro hacia atrás, me resulta curioso pensar en aquella niña que dibujaba edificios y soñaba con diseñar casas y jardines fascinantes habitados por plantas maravillosas y duendes de la sonrisa. Ese era un plan imbatible, hasta que el tiempo tomó la palabra y condicionó lo que tenía que descubrir, dejando de lado lo que quería descubrir.
Exploré diferentes posibilidades hasta que encontré las Ciencias Jurídicas -o ellas me encontraron a mi- y tomé una decisión que años atrás nunca habría imaginado. Ahora, en lugar de diseñar planos, diseño las ramas del Derecho como un árbol cuyo fruto es la justicia, y concibo la Constitución como la arquitectura que alberga el contrato social beneficioso para todos. No sé si esa decisión fue correcta o incorrecta, y eso no importa, lo importante es que fui yo quien tomó la decisión esperando descifrar para qué nací. Sé que cambiar de camino no significa haber tomado una mala decisión, pues cambiar de opinión también forma parte de crecer, y crecemos cuando nos descubrimos a nosotros mismos sabiendo que no todas las decisiones son definitivas.
La niña que soñaba con ser arquitecta no estaba equivocada, sólo pasó por la metamorfosis que la convirtió en la joven que tiene nuevos sueños y otra forma de dibujar el futuro mientras recorre un camino alterno. Ambas somos la misma persona, ya que las personas somos un proceso dinámico plagado de fases vitales.
Siempre existirá el “¿qué habría pasado sí?” pero no vale la pena pensar en lo que no ocurrió, porque eso es como sentir nostalgia de lo no vivido. Lo importante es el aprendizaje y la didáctica de lo que he vivido, en tanto eso es lo que me permite aceptar que soy lo que hago por cambiar lo que fui, y que a veces oculto en una mirada silenciosa que tiene el poder de hacer hablar a los colores. No sé si existe un destino escrito o si cada persona construye el suyo con las decisiones que toma, lo que sí sé es que ya no siento la necesidad de tener todo mi futuro definido, debido a que el destino no es el lugar al que se llega, sino lo que se vive caminando hacia él.
La vida no es encontrar un único camino y seguirlo para siempre, es descubrir quiénes somos mientras avanzamos. Después de todo, no haber seguido el plan que tenía no significa haber elegido mal, significa que la vida terminó escribiendo una historia diferente en mi sonrisa. Las decisiones se comprenden hasta después de haberlas tomado, si sabemos afrontar sus consecuencias.







