El demonio del cambio

René Martínez Pineda
Sociólogo y Escritor, UES-ULS
Como demonio parroquial de brazos largos que atemoriza a los malos y los feos; como eco remoto de la angustia social que va en ropas de domingo para disimular el martirio y su diccionario; como capitán definitivamente interino de fija y nueva popa; como izote indomable y público que es ungido en su delicioso código biológico en la mesa de los pobres; como pesaroso animalito doméstico que desertó del pecho carente de vísceras drásticas… justo así, poniéndome cada una de las máscaras de los espectros notorios, deambulo desde hoy, que es febrero desde hace tres años, pregonando que conozco -de vistas y oídas y tocadas- el resultado de las heridas de mi ingenuidad utopista, y confesando que reconozco mi sangre más lejana y sin plaquetas derramada a la deriva de las calles y esquinas inciertas traicionadas por los sospechosos duendes rojos que nacieron sin culo.
Y es que, cuando se está parado bajo las copiosas tormentas de mañana, con sus repentinos truenos de frutos secretos de público dominio, nos damos cuenta de que somos un rompecabezas cuyas piezas provienen de la gente cotidiana que respira con nosotros; que hay niños dormidos que se apilan como tronchadas ramas secas en el extinto portal de la Bella Nápoles, y que, a pesar de la soledad, sueñan con retoñar en un pupitre sin espinas; que hay poemas dulces en los amargos jardines colgantes de la maquila; que los ojos de las abuelas brillan como el faro de Alejandría cuando ven llegar a sus nietos sanos y salvos y con tareas de sociología; que en los edificios históricos que se libraron del cautiverio persisten las flores que se negaron a morir de hastío.
Además, es este siglo que inició quince días después de una pandemia que, con alevosía y mortaja, el que nos encerró en la jungla de los pedos acres e íntimos; el que nos alquila ojos para ver las nuevas cumbres; el que le pregunta al corazón por sus votos en rebeldía acumulada por la infamia del traidor del maletín; el que deja tiritando de emoción la cancelación de la deuda electoral a boca de urna.
El horizonte es hoy un machete desenvainado para cortar el tronco final de los escrutinios finales que, cínicamente, se cocinaban en las mansiones inaccesibles para los descalzos y mal vestidos.
El día inicia con el pueblo desayunando albas fascinantes e imaginarios fortalecidos de lo público para el público en general. Uno y otro, y hasta aquel, nacemos entre todas las personas tangibles y las raíces sin sed debido a que esa es la única forma de sobrevivir sin perder la vida en el intento; crecemos trenzando cordones umbilicales que nos mantengan unidos para no ser dispersados en el aire por el huracán neoliberal que nunca duerme. Uno y otro, y hasta aquella, nacemos con una la lámpara bajo el brazo para alumbrar, si nos decidimos, el camino de salida del laberinto de la soledad que está alrededor de lo que nos rodea… por eso éramos cautivos del miedo paradójico de la pobreza sumisa… hasta que se nos apareció el demonio del cambio… y entonces la rebeldía fue una endemoniada virtud del pecado.







