
David Hernández
Escritor, Ph. D. y máster, universidades de Hannover y Berlín, Alemania
La reciente revelación de que la Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos (USAID) durante más de 60 años (fue fundada en 1961) estuvo involucrada en actividades desestabilizadoras y campañas antigobiernistas a escala mundial contra regímenes que no eran del agrado de EE. UU. ha caído como un baldazo de agua fría en los medios de comunicación internacionales, círculos diplomáticos y oficinas estatales en todo el planeta.
No tanto por la revelación en sí de su rol de promotora de la guerra psicológica y guerra sucia, que desde el mismo nacimiento de USAID se sospechaba, sino porque el desenmascaramiento de USAID lo efectúa oficialmente el mismo Gobierno de EE. UU., al grado que la actual gestión de Donald Trump suspendió los proyectos USAID en marcha, acusando a dicha agencia a lo largo de años de realizar actividades subversivas en diversos países, interferir en sus asuntos internos, promover el caos social y golpes de Estado.
En El Salvador, USAID financiaba no solo a toda la sarta de «periodistas incómodos» con el Gobierno del presidente Nayib Bukele, sino que los estimulaba con «premios» creados especialmente para los reyes del «periodismo disruptivo», «viajes de trabajo», conferencias internacionales hechas a su medida, participación en foros internacionales como representantes legítimos de la sociedad salvadoreña.
El rol de estos periodistas mercenarios se complementaba con «otras voces de la sociedad civil», provenientes también de Organizaciones no Gubernamentales (ONG) financiadas por la misma USAID, que representaban a «defensores» de los derechos humanos, campeones de la igualdad de género, «defensores» de la libertad de prensa, promotores de la «Acción Ciudadana», y otro resto de organizaciones cuasi fantasmas que parasitaban alrededor de los generosos fondos que USAID les proporcionaba.
Es de especial importancia señalar que, en el caso salvadoreño, hay otras fundaciones «filantrópicas», «sin fines de lucro», que desde la misma asunción del presidente Nayib Bukele han intensificado su ayuda a este grupo de seudoorganizaciones y seudoperiodistas, cuyo denominador común es la descalificación irracional tanto de la figura del presidente como de sus acciones y planes de gobierno.
Entre dichas organizaciones, con un largo haber en su historial intervencionista atentando contra la soberanía de las naciones, ocupa especial lugar la Fundación Open Society del multimillonario George Soros, que fue expulsada de Hungría y de Austria acusada de intentar «socavar la democracia», así como de Turquía y de otros países. El Gobierno de El Salvador en ningún momento tomó medidas punitivas contra dicha fundación, lo cual habla del espíritu democrático que rige al actual Gobierno en relación con sus opositores.
Las voces despavoridas de los parásitos que medraban de las limosnas de USAID no se han hecho esperar, es un duro golpe que incluso llevará al cierre de varias ONG, como sus voceros lo han anunciado, fieles al tristemente célebre adagio de que «por la plata baila el mono». Incluso algunos de estos mercenarios han llegado a decir que «el pueblo salvadoreño está en la obligación de contribuir económicamente» con ellos, como si el pueblo salvadoreño alguna vez ha comulgado con sus berrinches antigobiernistas que descalifican todo lo que provenga de la gestión del presidente Bukele, y como si ellos hubiesen preguntado alguna vez si el pueblo los ha autorizado a hablar tanto disparate desestabilizador, en su nombre. Ello, al contrario de la voz autorizada del presidente Bukele y su apoyo popular mayoritario desde el mismo día de su primera jornada de Gobierno.
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