OPINIÓN

Una población de sobrevivientes

El Dr. King escribió: "el poder sin amor es imprudente y abusivo". En esa misma línea, podría decir que “la pertinencia del trabajo social radica en cualificar el poder social de las personas, sobre la base de la solidaridad mutua y el amor social que no tiene miedo de desnudarse, ni de quemar el traje de frágil, porque no le queda”

Emma Beatriz Ríos de Herrera. Trabajadora Social -UES-

El camino, tan duro, por el que pasé para llegar a ser una profesional del Trabajo Social, nunca me hizo sentir frágil, vulnerable, o perdida, a pesar de que en muchas ocasiones se me hacía un nudo en la garganta en cada paso que daba; mientras trabajaba, estudiaba y era madre joven y viuda. En trabajo social, se usa mucho el concepto “población vulnerable”, pero todo cambia si concebimos la profesión como una acción disruptiva en beneficio de las mayorías, las que, en países pobres, viven con ingresos muy bajos y, no obstante, sobreviven sin perder la sonrisa y sin sacar la bandera blanca de la rendición. Desde una perspectiva crítica, la palabra “vulnerable” es peyorativa y está construida desde la epistemología del victimario. Si analizamos ese tipo de población desde la narrativa de las víctimas, de carne y hueso, se hablaría de “población sobreviviente y valiente”, pues se requiere de mucho coraje sobrevivir en la miseria y el abandono por parte del Estado, tal como ha sido en las décadas en las que el neoliberalismo se alió con los partidos políticos para empobrecer al país.

Cualquier persona que haya vivido en la pobreza o bajo un temporal de problemas de todo tipo, siente que cuando le dicen “vulnerable”, le están diciendo “frágil”, pero esa persona no se siente así, porque no lo es. Los “sobrevivientes”, como yo, son personas con mucho poder social e individual, son emprendedoras de la hazaña de vivir e irradiar belleza, porque se abren a otras personas para compartir con ellas su humildad, su escasa comida, sus preocupaciones, sus funerales, y a la vez sus sueños, sus sombras y su luz sin itinerario ni ciegos, debido a que la luz es un secreto de los que sobreviven a pesar de todo.

¿Qué sucede si el trabajo social ve la vulnerabilidad como sobrevivencia y poder social? Desde mi especialidad en Trabajo social, los y las “sobrevivientes” son el símbolo de la resistencia y son la nueva concepción de la utopía social, pues han vivido segregados por la ciudad, por las políticas públicas, por el sistema educativo, por el progreso económico y, en los últimos treinta años, por la violencia social. Por ello, es mi deber hacer visibles las historias de esas personas valientes que, a pesar del dolor, han sabido amar y educar a sus hijos, y eso significa que son portadoras de un enorme poder emocional y liderazgo familiar sostenido sobre la fascinación de los pies que hacen camino incluso donde no lo hay, y lo hacen en silencio, tal como los gatos derrochan dignidad en su andar.

Y es que el poder -según lo definió, Luther King, pensando en quienes sobrevivieron a la discriminación-, es “la capacidad de lograr un propósito, es la fuerza necesaria para lograr el cambio social, económico y político”, y, en ese sentido, las Trabajadoras Sociales somos las aliadas de ese poder, somos el anillo que embellece los pasos de la solidaridad social, en tanto aportamos a potenciar el poder desde la persona misma. En mi recorrido profesional, lo que he visto son niñez, jóvenes, mujeres y adultos valientes y sensibles que no se sienten ni frágiles. ni vulnerables, se sienten fuertes y a la espera de una mano solidaria, no para que los levante, sino para que los acompañe en el camino hacia arriba, hacia un futuro mejor, el que, simbólicamente, se define como: el propósito de vida en una sociedad que lucha por ser una “sociedad urbana”, cuyo requisito más importante es tratar a sus habitantes como ciudadanos plenos, y a las personas como personas, no como “casos”.

Ahora bien, no se puede acompañar a los sobrevivientes si no se tiene la humildad propia del servicio incondicional a los otros, y si no se tienen los principios éticos y valores del humanismo que son el signo distintivo del Trabajo Social. Cuando se poseen esas características, cuando me veo en el espejo y me descubro tal cual soy, las decisiones cotidianas están enfocadas en construir una comunidad mejor en un país mejor, pues ese es el emprendimiento y legado más hermoso.

Precisamente, la decisión cotidiana más importante que toman las familias en las comunidades empobrecidas, es la de “salir adelante con sus hijos y para sus hijos”, porque eso es como encontrar la luz y adueñarse de ella. Esas personas no quieren oír que son “vulnerables”, quieren oír que son valientes, que son sobrevivientes, que son hermosas, pues de ello tomarán las fuerzas que faltan para caminar hacia el futuro; no quieren oír que son personas que se han quedado estancadas, quieren oír que son personas que han llegado lejos con las condiciones que heredaron. Puedo aseverar que esas personas, al igual que yo, se sienten orgullosas de lo que han logrado, razón por la cual no necesitan mi reconocimiento, y mucho menos mí lástima, necesitan mi acompañamiento y que las vea tal cual son: valientes y con poder social.

Esas personas son “sobrevivientes y valientes”, y están lejos de ser “vulnerables” o “frágiles”. Ese profundo cambio conceptual es la clave para romper los paradigmas reaccionarios del Trabajo Social que, pretendiendo trabajar para romper la vulnerabilidad, terminan consolidándola y haciéndola estructural. En Trabajo Social, tal como lo estudié en la Universidad de El Salvador, los conceptos “amor”, “solidaridad” y “compromiso que no esconde su carne”, sólo tienen sentido si los atamos al concepto de «poder social y emocional» -individual y colectivo-, que es lo que se encuentra a montones en las comunidades que, como yo, sueñan con la luz, no con las sombras. Pero las personas no necesitan que una profesional les explique esos conceptos, necesitan que ésta los haga suyos también, porque esa es la única forma de fundirse en una sola acción. El Dr. King escribió: «el poder sin amor es imprudente y abusivo». En esa misma línea, podría decir que “la pertinencia del trabajo social radica en cualificar el poder social de las personas, sobre la base de la solidaridad mutua y el amor social que no tiene miedo de desnudarse, ni de quemar el traje de frágil, porque no le queda”. En síntesis, considero que el trabajo social en las comunidades, debe empezar a ver a las personas tal cual son: “columnas”, “sobrevivientes”, “valientes”, “emprendedoras”, y no como personas “vulnerables” que están bajo el dominio de las condiciones heredadas.

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