OPINIÓN ESTUDIANTILPORTADA

La cultura de la vivianada

José Moisés Osorio Munguía

Estudiante de Sociología -UES-

En El Salvador, ser “inteligente” no siempre significa sacar diez en el examen, o saberse la Constitución de memoria, aunque no se sepa de lo que trata, ni a quiénes beneficia. Aquí, la inteligencia va más allá del aula, más allá del título colgado en la pared, más allá de la vida académica. Es esa habilidad nata de saber cómo moverse, cómo sobrevivir y, sobre todo, cómo ser un vivián en medio del caos, con tanta maestría que hasta le hicieron una enmienda a la biblia de calle, para agregar el refrán: “hijos míos, hay los dejo, los más vivos que jodan a los más pendejos”. Es lo que muchos llamamos «ser avispado», «tener calle», o como diría la gente de a pie: “ser la mera verga para todo”, palabra metafísica ésta que hace alusión a ser lo mejor lo de mejor.

Desde que uno es cipote, la vida te pone pruebas y te indica los atajos que usan “los vivos”, “los vivianes”. En la escuela, el que no llevaba lonchera se las ingeniaba para que la señora del cafetín le fiara un pan con frijoles que no podía pagar. En el bus, el que no tenía para el pasaje, ya sabía cómo entrar por la puerta de atrás o esperar que el motorista se descuidara. Y si hablamos de meterse a las filas, ¡ni se diga! ¿Quién no ha aplicado la técnica del fijate que mi primo ya está adentro? Eso, aunque parezca pequeño, es una muestra de nuestra forma de pensar y resolver: una inteligencia situada en lo social, en lo cotidiano, una lógica que parte de la necesidad y se transforma en estrategia de opresión horizontal, porque se es “vivián” con los iguales.

Según el libro de Octavio Paz, “El laberinto de la soledad”, la inteligencia no es una sola cosa, sino una mezcla de muchas habilidades: “las habilidades cognitivas, la capacidad de resolución de problemas, el pensamiento crítico, la creatividad y la adaptabilidad”. Y algo tenemos los salvadoreños, es adaptabilidad, pues fuimos capaces de sobrevivir en una sociedad sometida por la violencia. Nos podemos ir a Estados Unidos, a Canadá, o hasta Australia, y allá vamos a encontrar cómo ganarnos la vida, cómo meter pupusas en el menú y hasta cómo hacer comunidad. Porque sí, somos bichos vivos, pero también somos bichos solidarios.

En los mercados, por ejemplo, no hay necesidad de tener una licenciatura en economía para entender cómo se maneja la economía informal y como se maneja un pírrico salario mínimo. Una señora puede calcular de memoria el vuelto, el margen de ganancia y hasta el precio con descuento, y hacerlo de forma rápida. Y si alguien le pregunta ¿cómo aprendió eso? probablemente te va a decir: «¡Con la vida, mijo!» Esa es otra forma de inteligencia, una que el sistema muchas veces no reconoce, pero que es fundamental para entender cómo funciona nuestro país. Lo que pasa es que el sistema educativo muchas veces sólo premia cierto tipo de inteligencia: la memorística, la disciplinada, la que encaja. Pero la realidad salvadoreña es otra y muy distinta. Aquí se necesita creatividad para sobrevivir, para enfrentar las secuelas de la violencia, la pobreza y hasta los baches. El mismo libro de Paz señala que “la inteligencia no puede verse como una entidad fija o una sola capacidad, sino como un conjunto de competencias que pueden desarrollarse en diferentes contextos”. Y ese es el punto elemental: nuestro contexto, el cual nos ha obligado a desarrollar un tipo de inteligencia (bajo la forma de vivianada) que no cabe en exámenes estandarizados, pero que funciona todos los días. Además, las personas no sólo piensan en sí mismas. Cuando uno la hace de vivián, también está pendiente de los demás. Si te metés a la fila, lo hacés con gracia, saludás al que está delante, le decís algo como “solo voy a comprar una cosita”, y la gente te deja pasar. Es una lógica de negociación, de carisma, de saber cómo tratar a los demás. Y eso también es inteligencia emocional, aunque a veces ni la llamemos así.

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