
René Martínez Pineda
Sociólogo y Escritor, UES-ULS
El deporte es el universal cultural que se masificó en la segunda mitad del siglo XX, y se convirtió, en el XXI, en un nuevo espacio de revalorización del capital (privatización del deporte: el que paga, ve). Por su impacto cultural y político, el deporte tiene su nicho de reflexión en la sociología del deporte que lo considera como metáfora de la sociedad y termómetro de la transformación social. A pesar de que se está privatizando, el deporte sigue siendo la concreción de los sentimientos patrios; la expresión del sentido de pertenencia comunitario; el estilo de vida que busca trascender; el paradigma del comportamiento ético; el lenguaje comprendido por todos; la ideología que trasciende lo político; una pasión más fuerte y fiel que la religiosa; la charla cotidiana entre el pueblo y sus héroes de barro; la danza de la lluvia de hazañas indecibles.
En ese sentido, deporte y cultura son elementales para la transformación social. Y es que, como acción simbólica, el deporte tiene significados más allá de sí mismos, y eso le confiere un poder de afectación en todos los escenarios sociales, en los que lo fundamental es el desempeño en su más alto nivel, tanto individual como colectivo. El deporte, al ser una acción competitiva regulada que se da entre el deportista, el contexto deportivo y nacional, y otros actores que forman un campo simbólico que fusiona lo micro y lo macro social, se constituye en práctica cultural y en reproductor cultural preeminente.
En esencia, el deporte encarna la tendencia dominante del momento histórico en el cual se practica, en tanto funciona como lógica social debido a que es una parte que contiene al todo (la sociedad) en sus pretensiones y paradojas expresadas como: juego y compromiso; placer y negocio; pasión y burocracia; honestidad y violencia; ocio y disciplina; nacionalización de ilusiones y privatización de la asistencia por los poderes mediáticos que se aprovechan de su poder cultural simbólico de representación nacional que supera a la de los partidos políticos. Siendo así, el deporte es un factor de identidad social que, usado simbólicamente, puede acompañar la reinvención del país, en tanto fomenta un estilo de vida que busca realizar hazañasinéditas en el campo que Bourdieu llamó “habitus”, que es el lugar en el que se entra a la reproducción de prácticas sociales basadas en el criterio de la distinción, o de hacer las cosas de forma distinta para obtener resultados distintos.
El deporte, siguiendo el proceso que lo convirtió en un «habitus» culturalmente dado y soberano en sus significados sociales, ha impactado en otras áreas de la sociedad, y por ello es, además de un hecho lúdico, un hecho cultural, político, económico, jurídico, institucional y nacional, debido a que es un factor de confirmación de la identidad sociocultural y de la personalidad social. Y es que, al ser una realidad pública que lucha contra la privatización, es también una dimensión del imaginario (lo subjetivo objetivado en las hazañas), tal como se puede constatar en los Juegos Centroamericanos y del Caribe que se realizan en nuestro país, que los interpreta y es interpretado por ellos con la variable de lo público y de la seguridad pública y, entonces, son un mecanismo de socialización democrática y de socialización de la democracia.
Por otro lado, en el deporte -al igual que en la democracia real- se vitorea y respeta el mérito, el esfuerzo y la lealtad a los símbolos patrios, lealtad que, en lo deportivo, se recompensa con aplausos y admiración, y en lo político se recompensa con la aceptación y la confianza popular. En ambos casos, se trata de una relación entre individuo y colectivo, y se trata, además, de un simbolismo de los conflictos estructurales urgentes, razón por la cual no debe extrañarnos que los sectores más perversos de la política nacional traten de instrumentalizarlos, tal como lo pretende hacer la oposición política que, por atacar al gobierno, ataca y denigra a los atletas nacionales y desea el fracaso del evento (o sea el fracaso de nuestros atletas), mientras que el gobierno los ha organizado como la imagen de la sociedad que está construyendo, reinventándola, teniendo como símbolo “el ser los mejores en todo lo mejor que tiene la humanidad”.
Abordo la relación entre deporte y sociedad para comprender, desde la sociología, su valor simbólico en la heterogeneidad cultural de los sentidos de pertenencia en los que los ciudadanos se encuentran a sí mismos, luego de salir del laberinto de la soledad y la violencia de las tres décadas anteriores, y por ello el deporte es otra opción para interpretar el mundo, o sea interpretar el país en construcción. En este proceso de reinvención del país está claro que las personas deben ser protagonistas en todas las esferas del mundo sociocultural para generar, desde cada una de ellas, una visión coherente de lo que significa ser constructores de la historia. Hay que señalar que en ese proceso colectivo se revela la función estratégica del deporte como parte del poder cultural -que antecede al poder político- del rito deportivo y de la magia que lo signa, dándole sentido a la nueva sociedad en la que, al igual que el lema de los juegos, se parte de la premisa de que “es tiempo de trascender”.
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