El último prisionero

René Martínez Pineda
(Sociólogo y Escritor, UES-ULS)
Soy el padre de quien su nombre nuevo desconozco, pero recuerdo cada poro de su rostro. Tengo treinta y nueve años, ocho meses, un día y tres horas de no dormir ni un segundo, ni un parpadeo más largo de lo usual. No es por falta de sueño -que sí lo he tenido, y mucho- es porque le tengo miedo a la oscuridad, al traqueteo del cielo, a la expropiación brutal de la que fui víctima en ese estado, tan vital y normal -según el doctor-, tan mortal e impuesto, según yo y mi dolor. No es un virus psiquiátrico o un mal de ojo, porque, de serlo, sería algo involuntario. Es, más bien, un estado de la vida cuando la vida es muerte en un calabozo; una condena sin apelación, cuando el poder lo distribuye la infamia; un estado de vigilia de todos los que fuimos despojados del corazón y, sin embargo, seguimos viviendo, porque la vida es una maldición cuando se es el último prisionero y el calendario no pasa de agosto.
Tengo miedo de cerrar los ojos y quedar a merced del ruido, ya que, siendo ese un acto tan simple, implica la pérdida de todo lo que tengo y amo. En mi caso, ambas cosas son una: las personas que amo son lo único que poseo. Más allá de ellas: ¡nada! Las bombas, ráfagas y gritos lo inundaron todo con su olor salino. Todos los del cantón corrimos hacia el monte, trepamos a gatas el lomo de la cuesta anegada de sangre y sesos, sorteamos las esquirlas que, ansiosas, preguntaban por nuestro nombre para arrasar con él como lo hicieron con los ejidos.
Ese fue un acto instintivo que no ha sido honrado con medallas, obeliscos, días alusivos o informes de la verdad punitiva. Los ancianos no pudieron huir, no quisieron huir, y sus largos años de vida fueron, en la recreación de los santos inocentes, la excusa para heredarnos un poco más de vida, unos tres pasos más, un metro más, dos suspiros más. Los pies descalzos hicieron lo que pudieron tallando sus suelas en la agonía por no soltar a nuestros hijos, por sellar su llanto… y entonces ya estábamos en las fauces de la bestia, a tiro de su aliento repugnante, y la noche era un ir y venir de siluetas deformes que no cesaban de dispararle a cuanta cosa se moviera; y entonces ya estábamos perdidos y cansados; y entonces el último recurso fue acurrucarse, enrollarse en los brazos, rezar con los ojos, taparnos con la noche… convocar al silencio para espantar el miedo. Todo fue en vano para todos, menos para mí, y no sabía si ese era un milagro o una maldición. Una bala en el brazo me hizo cerrar los ojos. Fue sólo un segundo, se los juro por diosito, ¡sólo un segundo!, y, al abrirlos, la niña que llevaba oculta en la sábana había desaparecido y, junto a ella, mi corazón. Se llevó mi corazón en la mano.
Lo último que sentí fue un llanto leve, un suspiro entrecortado, una tibieza íntima que jamás podré olvidar, un grito agudo por su muñeca perdida en la carrera por la vida… y mi nombre: ¡papá! Se la llevaron porque cerré los ojos y, desde ese día maldito, odio a mis párpados hasta el punto en que, en más de una ocasión, he querido arrancármelos de raíz.
Dos días después, cuando los zopes pusieron en el mapa al cantón, fui a buscarla al pueblo, a la cabecera departamental, a la capital, al país vecino. Calle a calle, puerta a puerta, repasé todos los albergues, cuarteles, hospitales, orfanatos, cementerios, y, al final de tan larga cruzada, sólo obtuve un nombre sin dirección, una dirección sin ciudad, una calle sin esquinas, un rango militar intocable. Aprendí a leer por mi cuenta para aprovechar de la mejor forma mi eterna vigilia, mi miedo a cerrar los ojos, pues deseaba leer la noticia de que, sin explicaciones humanas, habían hallado una niña vagando con un corazón vivo en la mano… y colgada de ese deseo mi desesperación subió al cielo. En mi agonía, devoré libros enteros con la ilusión de que mi mundo se ampliara y tener más posibilidades de hallarla. Esto le parecerá un delirio estúpido a quienes no saben cuál es el límite del dolor, pero es un delirio similar a refugiarse en una iglesia; esto parecerá una locura ingenua, pero no hay nada más racional -ni mejor pócima para mantenerse cuerdo- que creer en algo así… por eso creemos en dios. Tengo treinta y nueve años, ocho meses, un día y cuatro horas de no dormir ni un segundo, ni un bostezo, ni un parpadeo más largo de lo usual. Ese insomnio es la razón de mi locura de último prisionero del calabozo. Desde ese día de agosto no he vuelto a cerrar los ojos para no perderla de nuevo, creyendo, en mi locura, que si no los cierro voy a hacerla aparecer entre mis brazos; tengo miedo de volverme más loco en ese pedazo de oscuridad que me la recuerda tal como la dejé, pero que no me la devuelve para consolarme, a mí y a su muñeca; miedo de oír nuevamente su llanto, mi nombre: ¡papá!; miedo de abrirlos y saberme solo, yo y su muñeca, tal como quedé desde ese instante en que cerré los ojos y me convertí en el último prisionero del calabozo.







