Monseñor, la profecía de los pobres

René Martínez Pineda
Sociólogo y Escritor, UES-ULS
Amargo. Impune. Ensordecedor fue el grito, el eco, la bala, el asesino, el nacionalista. Después llegó el silencio sordo… y los gritos de la gente humilde se difuminaron en la proa del barco de los obrajes que nunca supo dónde atracar porque la voz de los sin voz se quedó sin garganta… y desde ese día el amor al prójimo dejó de ser un gesto abierto; desde ese día, el embrujo de la metáfora solidaria se bloqueó por falta de inspiración; desde ese día la gente se refugió en la cotidianidad de los candiles apagados para evadir al depredador.
A las 6:30 de la tarde todo el mundo enmudeció al ver desvanecerse el rito en medio de la sangre… y fuimos muchos menos para apilar sonrisas y levantar denuncias; fuimos muchos menos ante la mandíbula de la miseria; fuimos muchos menos para matar el hambre; fuimos muchos menos para conquistar la alegría de los zapatos nuevos, porque la voz de los sin voz hizo una cruz de cenizas en la frente del país; hizo un alto en los corazones puros de quienes quedaron con su anatomía rota en un basurero o perdieron el rostro en una foto de los diarios que se lucran con la sangre.
Desde las 6:30 de la tarde todos quedamos mudos porque la voz de los sin voz fue emboscada por el mecanismo infalible del control social que enseña y obliga a corregir el comportamiento de los que nacieron para cambiar las cosas; de los que nacieron para no acatar el “ver, oír y callar” que dictaba sentencia en el imperio de los delincuentes, a quienes él, con toda seguridad, les hubiera ordenado, en nombre de Dios, cese a la represión contra el pueblo.
Por eso, a Monseñor Romero – la opción preferencial por los pobres hecha carne y huesos y espíritu santo-lo mataron cuando daba misa, lo mataron cuando hablaba, lo mataron porque hablaba más allá de la palabra. Le metieron una bala y asunto resuelto, según ellos. Pero, recordar a Monseñor Romero -o simplemente Monseñor, en el tuteo íntimo con su pueblo- es mucho más que montar vigilias, organizar procesiones y solemnizar misas. Recordarlo es recuperar la voz y denunciar a los que se niegan a devolver lo robado y se niegan a resucitar los muertos que provocaron; es comer el pan después de haber conocido al panadero; es ilusionarse con la imagen que de lejos nos seduce; es reconocer que todo los caminos nos llevan hasta la morada del pastor eterno; es estar junto a él –y él junto a nosotros- para que su palabra perdure, para que su recuerdo dicte la homilía en la misa del domingo dedicada a las víctimas de la delincuencia, para que su martirio inunde el país y nazca el coraje del hombre bueno que no necesitó guardaespaldas ni chalecos blindados porque sabía que, aunque muriera, nunca moriría en el imaginario del pueblo porque más que profeta fue profecía. A las 6:30 de la tarde lo mataron, justo después de “haber suplicado, rogado, ordenado, que cesaran la represión”. Usaron una bala blindada para poder usarla después con nosotros; fue a las 6:30 de la tarde porque después viene la noche y su silencio atiborrado de temores oscuros. Fue en el pecho, porque en el pecho se anida el amor y la esperanza; porque en su pecho sonaban las campanas vocingleras del último campanero. Pero los huracanes de febrero hicieron el milagro de Lázaro y la voz de los sin voz venció a la muerte, por enésima vez, y le dio a su pueblo una esperanza de vida que permita recuperar las alas que los malditos le arrancaron, pero eso no impidió que su mensaje siguiera volando para anidar en el corazón del pueblo.







