OPINIÓN ESTUDIANTIL

Migración y Capital Social: Las Redes como Eje de Movilidad y Apoyo

Bryan Hernández Segundo año Licenciatura en Sociología -UES-

La decisión de emigrar trae consigo choques emocionales que generan añoranza y soledad, cada caso es distinto, en su estado más básico, lo cual se junta con las altas expectativas que se tengan, las cuales pueden terminar siendo falsas.

Considero que la migración es, en palabras simples, el desplazamiento de personas que cruzan fronteras, ya sea de forma temporal o permanente, en busca de mejores condiciones de vida, oportunidades laborales o, en nuestra experiencia, para escapar de situaciones adversas en el lugar de origen, tales como la violencia social. Cuando hablamos de migración internacional, nos referimos específicamente a aquellos movimientos que implican el cruce de fronteras nacionales, lo cual trae consigo asumir las normas, creencias y políticas del país de destino. Estos movimientos migratorios tienen un impacto directo en el crecimiento de la población de un país, pues impactan en las tasas de natalidad y mortalidad, las cuales son factores esenciales para las proyecciones de población que se realizan a partir de los censos.

Pero bien, la migración hacia Estados Unidos no es nueva, se ha tejido desde la década de los 70, y desde entonces ha sido un proceso impulsado, en esos años, por las “redes sociales” que facilitaron el movimiento de personas a través de las fronteras. Estas redes, conformadas por vínculos familiares, amistades y conocidos en el destino, generaron las llamadas «cadenas migratorias», las cuales son entendidas como: “el movimiento a través del cual los presuntos emigrantes se enteran de las oportunidades, son provistos de transporte y obtienen su instalación inicial y empleo, por medio de relaciones primarias con emigrantes anteriores”.

Un aspecto común es que, en las áreas urbanas como rurales de todos los departamentos del país, las personas han emigrado en busca de un mejor futuro, el llamado “sueño americano”. La situación se intensificó en los años 80 con el inicio del conflicto armado que llevó a miles de salvadoreños a emigrar de manera masiva, especialmente aquellos que vivían en zonas afectadas por el conflicto. En este sentido, el estallido de la guerra provocó una migración forzada y masiva, marcada por la necesidad de huir del peligro y de la incesante violencia.

En esos años se generalizó el flujo migratorio forzado, el cual dejó una huella en la historia salvadoreña, ya que muchas familias se vieron obligadas a separarse y adaptarse a nuevas realidades en un país desconocido. A partir de entonces, la migración se convirtió en una estrategia de vida para muchos salvadoreños, quienes buscan sus sueños y seguridad lejos de la inseguridad y pobreza que vivía el país. Esa realidad dio lugar a un fenómeno que no solo impactó a los migrantes, sino también a las comunidades de origen que comenzaron a depender de las remesas enviadas desde el extranjero y experimentaron “cambios culturales y sociales” debido a los vínculos familiares mantenidos a la distancia.

Estas situaciones produjeron la continuidad de vínculos familiares mediante medios como llamadas telefónicas y, posteriormente, plataformas digitales, afectando con ello la calidad de las relaciones sociales. Es bien sabido que las personas que toman la decisión de emigrar, lo hacen con el propósito de mejorar su vida en términos económicos, y con ello se produjo la costumbre de enviarle “unas sus fichitas” (dinero) a sus familiares, en quienes se empezaron a difundir prácticas habituales de otro tipo, ya sea comprar ropa, comida, y cosas necesarias para su beneficio, lo que generó una dependencia de las remesas y potenciar la idea de ir a buscar oportunidades fuera del país, y la noción de éxito quedó asociada con la posibilidad de emigrar y enviar dinero a casa. Esas fueron las premisas que, en mi opinión, le dieron otro sentido a nuestra cultura, al convertirse en un crisol de la hibridación de culturas de los que se van, de los que se quedan y de los que regresan de visita a su país. Es así que estos vínculos familiares refuerzan las redes migratorias que dan paso al capital social autónomo, pues “las redes de migrantes con el tiempo se volvieron autosuficientes, debido al capital social que proporcionan los migrantes en prospecto; los contactos personales con amigos, parientes y paisanos le facilitan al migrante el acceso al trabajo, hospedaje y ayuda financiera en Estados Unidos.

Y es que las redes de migrantes facilitan la movilidad y el asentamiento exitoso del migrante que disponga de fuertes lazos sociales, lo que influye en las decisiones personales de emigrar, porque no es lo mismo no tener a nadie del otro lado, a que alguien te espere o te brinde la ayuda necesaria, ya sean estos familiares o amigos cercanos diseminados en muchos lugares del país de destino. Por esa razón, el capital social toma sentido ya que, perifrasean a Mario Pérez, la existencia de una multiplicidad de lugares de destino, es el reflejo de la diversidad de vínculos y redes a que los migrantes recurren para ir a los Estados Unidos, debido al número amplio de contactos, o a la dispersión de lugares en donde estén anclados, y a que no son redes estructuradas, sino relaciones menos densas y de reciente formación, aunque en determinado momento y condiciones los lazos débiles poseen su propia fuerza.

Sin exagerar, hay salvadoreños regados por todo el planeta, pero los países de destino preferidos -por la existencia de redes sociales-: Estados Unidos con 1.410.659 migrantes alojados, prioritariamente, en el área metropolitana de la capital estadounidense, Mount Pleasant, dado que fue una de las primeras ciudades que acogió a la población salvadoreña que huyó durante los primeros años de la guerra civil en El Salvador, entre 1979 y 1992. En segundo lugar está Canadá, con unos 51.776 de migrantes salvadoreños conviviendo en el área metropolitana de Toronto y en la provincia de Ontario (STATISTICS CANADA). En tercer lugar, México, con unos 16.807 migrantes salvadoreños viviendo en ciudades como Tapachula, Chiapas, las que sirven de punto de entrada y tránsito para los migrantes que llegan al país​.

No olvidemos que la diversidad en los destinos de los migrantes salvadoreños, es una consecuencia directa de la variedad y flexibilidad de las redes sociales que los apoyan. En lugar de depender de redes formales estructuradas, los migrantes a menudo se apoyan en contactos más informales o “lazos débiles,” que han surgido en tiempos recientes, y no necesariamente son intensamente organizados. Esto significa que existen amigos, conocidos o paisanos distribuidos en diferentes áreas de Estados Unidos y en otros países, lo cual expande el abanico de opciones para los que anhelan emigrar. Estos lazos, aunque menos profundos o frecuentes, tienen una utilidad importante, ya que permiten el acceso a información, alojamiento temporal o empleos iniciales en diversas ubicaciones.

Quedo por concluir afirmando que la migración salvadoreña es impulsada por redes sociales familiares y comunitarias, las que representan un medio vital de supervivencia y búsqueda de mejores oportunidades. Estas conexiones no sólo facilitan el proceso migratorio, sino que también sostienen la esperanza y el arraigo cultural, mientras transforman tanto a los migrantes como a las comunidades de origen a través del apoyo mutuo y la resiliencia compartida.

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Redacción LPT

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