OPINIÓNPOLÍTICAPORTADA

La luna de las hojas secas (segunda parte)

René Martínez Pineda

Sociólogo y Escritor, UES-ULS

Sin embargo, sus manos cenicientas y artríticas por el vano escarbar en busca del tesoro del salario digno, no fueron un recurso idóneo, y la piel le pareció tan ajena como la calle que cobijaba su cuerpo lleno de recuerdos absurdos que no concordaban con las imágenes, pues recordaba estar saludando a su mejor amigo, pero se veía saludando un árbol; recordaba estar trabajando afanosamente en su oficina, pero se veía sentado en un basurero, hurgando barriles y apartando papeles fisiológicos; recordaba estar abrazando una aguerrida bandera escarlata, pero se veía cobijado por una genocida bandera tricolor; recordaba sus manos llenas de alhajas de oro, y se veía los dedos con anillos de plástico; recordaba estar recibiendo clases de sociología, pero se veía sentado en una esquina sospechosa. Recordaba estar haciendo una cosa y se veía haciendo otra.

La confusión engordó como gato de convento, una confusión que parecía más bien un entrar en paradójica razón, pues le llevaba a concluir que: el loco era él… sí, el loco era él. Se sacudió los ojos para deshacerse de lo que miraba, tal como hace un perro recién bañado, pero todo seguía siendo tal cual era: una irrealidad real que sólo supo descifrar hasta que se supo loco; vaya palabra esa: loco; qué golpe racional tan fuerte que nos hace ver lo que no existe. Cerró los ojos para hacer desaparecer el peligro de lo irreal que es real.

Instintivamente, flexionó el brazo para ver la hora, pero no tenía ese artilugio que, hasta antes de saberse loco, le había esclavizado, y que hoy resultaba inútil, pues ¡para qué putas quieren los locos saber la hora!… es hora de devolver lo robado, malditos impíos -gritaron, en su mente-. Todo era gris fuera de sus ojos, y la frívola soledad de las hojas secas, timoratamente iluminadas por la luna, la sentía como un vacío en el pecho, en el bolsillo, en el alma. Se levantó frágil, sísmico, y fue en busca de lo que el recuerdo le indicaba que era su casa, la casa en la que habita la familia que ama, y no encontró nada reconocible en esas sombras que le eran desconocidas y familiares, al mismo tiempo, cosa que sólo es posible en el mundo de los locos que se lo creen todo: somos la izquierda, cabrones, y somos sus verdaderos representantes.

Y cuando supo que el loco de locura era él, su cotidianidad se desenredó. Fue el coqueteo de la luna sobre las hojas secas lo que lo despertó desnudo, a media calle, hablando solo, con una risa agazapada tras las encías ennegrecidas y los labios agrietados. Despertó con el cuerpo magullado por el lado inequívoco del alma, asomándose sobre lo sucio del mundo sucio del que se sale navegando el lago de azufre de la conciencia… y entonces se carcajeó para convocar a la locura de hombre cuerdo que se rebela en la urna para tocar el cielo. En ese momento supo que su locura de loco lo había convertido en un fantasma persiguiendo sombras imposibles; correteando los destellos de luz que las mujeres heroicas esparcen con solo sonreír. La agonía se remozó en él cuando supo que hoy era un loco cuerdo, un sobreviviente de la locura mala… 

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