OPINIÓNPORTADA

La luna de las hojas secas (Primera parte)

René Martínez Pineda

Sociólogo y Escritor, UES-ULS

¿Y si el loco fuera yo? -le preguntó, a su mujer, sin esperar respuesta. Esa frase sin sentido, propia de una mente lóbrega, sonó más a reflexión sociológica que a duda mundana; una reflexión que sólo él comprendía y que le cayó encima desde que el profesor de ética dijo: los locos viven en un mundo que se produce en su lógica privada que es real para ellos, y como tal lo gozan. Pero… si el loco fuera yo y, en realidad, no estuviera hablando contigo; si tú no existieras más que en mi imaginación de loco ignorante de su mal; si no existiera nada de lo que creo que existe: la casa, los niños, el trabajo, sino que fuera como esos locos sueltos que a diario vemos en la calle hablando con el aire, creyéndose genios aunque estén hablando feroces incoherencias… allá está el pobre “Chepeloco” rezándole a la Virgen María que cuidaba a los guardias y tirándole piedras a los chuchos constitucionales que lo persiguen noche y día, insultándolos en un dialecto inédito y del que sólo adivinamos su significado de pedestre odio porque los jeroglíficos terminan en un rotundo “¡papuuuta!”. Allá, acostada semidesnuda en una cuneta tibia y placentera, la “Cuerpuechucho” arrulla un trapo viejo y orinado creyendo que es su hijo.

Ellos creen que están hablando con alguien, y nosotros, que nos creemos cuerdos, nos reímos al verlos gesticular en un mundo que sólo existe para ellos, que ignoran que son locos… o, a lo mejor, ellos son los cuerdos que deambulan por el escenario de la vida trastocado por un medio amarillista y cegador.

Pero, si el loco fuera yo y ellos los cuerdos, no sabría que se están riendo de mí; que el engañado soy yo; que el perdido soy yo; que el loco soy yo por haber aguantado una conspiración maquiavélica durante treinta años con todos sus días. Y si la loca fueras tú y yo no existiera –susurró, con tono psicópata- y crees que estás hablando conmigo, pero en realidad estás, ahorita mismo, hablando sola en la calle, mugrienta, hedionda y… ¡Ya cállate, por la gran puta! –gritó, su mujer-; si sigues diciendo eso me volverás loca… y le dio la espalda para convocar un sueño que -por esa cavilación nostálgica del recuerdo frente a una realidad irreal- se tornó huraño; una reflexión que, fosilizada en su mente, se convertía en la explicación de su suicida andar por este mundo, que se ve de una forma y se vive de otra; que le hace reír cuando debe llorar; que le hace escoger lo doloroso, neciamente, como si esa fuera la fórmula secreta para evadir la agonía de comprender la realidad.

Fue el frío feroz de la calle –recién desalojada de jaurías delictivas- lo que lo despertó; el frío… y el sonar incesante de las hojas secas que alguien puso bajo su cabeza enmarañada por la miseria política. Al principio, no supo qué pasaba, hasta que recordó las palabras que la noche anterior había compartido con ella: ¿y si el loco fuera yo? Un escalofrío animal le recorrió el cuerpo, desnudo de norte a sur, mas no fue provocado por el frío ni por la fantasmagoría lunar que se derramaba sobre la levedad de su sueño, sino por la certeza de una respuesta que no se quería dar, pero que se prendía de su osamenta de una forma tan fiel y evidente como el mal aliento de quienes viven de la falsedad ideológica para conseguir lo que quieren.

LPT Redacción

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