OPINIÓNPOLÍTICAPORTADA

La corrupción: crimen de lesa sociedad

René Martínez Pineda

Sociólogo y Escritor, UES-ULS

A los salvadoreños mayores de cincuenta y cinco años nos ha tocado vivir en suerte una época tan extraña como gloriosa y antagónica; una época del ir y venir de las ilusiones desilusionadas. Nuestro planeta -llamado El Salvador, a pesar de que no salvaba al pueblo- hasta hace unos tres años había sido un territorio sin mapa, ni brújula, de partidos políticos encomenderos y malvivientes que, en nombre de la santa gobernabilidad, se dividían el botín del Estado y se repartían la población en nichos electorales ficticios: estos para ti, aquellos para mí, los otros para los dos; mercantilizaban la honestidad y la lealtad al pueblo en la insondable pila bautismal del robo; premiaban la ineptitud notoria de las gallinas que comen huevos; se inventaban memorias de un pasado heroico carente de hazañas cruciales y de personas parecidas a nosotros; redactaban largos discursos venéreos y floridos sobre respeto a los derechos humanos en un país que, por ellos, no era apto para los humanos; colocaban en el presupuesto anual de la nación, como ineludible partida secreta, los agravios e infamias contra los ciudadanos y contra lo público; veneraban una mitología siniestra de próceres de bronce mal templado y cagado por las palomas; de aniversarios de hechos perversos e insultantes; de demagogos vitalicios de múltiples padres de semen amargo; y de símbolos escatológicos del fraude ideológico que eran más temibles que la suástica.

Esa drástica pandemia de la corrupción de todo deambuló durante dos siglos por los pasillos de la patria porque impuso la más siniestra de las cuarentenas: mantenernos presos e incomunicados en la mazmorra de la cultura política de súbdito; auspició cruentas guerras sociales en las que los muertos los ponían los pobres y los casi pobres; pactó con los delincuentes para hacer de ellos los funcionarios invisibles. En esas condiciones nacimos en la nación de ríos inertes y sucios y morimos en las afueras de la ciudad de bienestar. De nada valió que muchos de nosotros hayamos leído el Quijote y la Divina Comedia de los promontorios de basura en la silenciosa sala de la biblioteca pública olorosa a una historia frustrada que se negaba a dar el último suspiro; de nada sirvió que le declaráramos nuestro amor carnal y lácteo a la Cándida Eréndira en un aula de la calle Celis, esa calle con sabor a ruda machacada con albohol que nos protegió de la dictadura militar que era peor que el chancro… hasta que comprendimos -a fuerza de expropiaciones y traiciones- que nuestro libro de cabecera debía ser el Conde de Montecristo para aprender a no olvidar y a vengar las infamias de los corruptos recurrentes que se disfrazan de alcalde, de alcaldesa, de diputado, de ministro o de funcionarios públicos que se roban hasta lo que no tenemos.

Sin embargo, hemos entrado en una nueva fase de la historia que, como singularidad sociológica latinoamericana, es personificada por un joven líder carismático que está empeñado en construir un nuevo país, y que sabe que, para lograrlo, es ineludible meter en la cárcel a los corruptos, a los ineptos y a los enfermitos de la mente que se creen estrella de cine sólo porque tienen un cargo, sobre todo cuando se trata de personas que pertenecen a su partido, ya que ese es el acto más ejemplar de justicia que un líder puede llevar a cabo… y el caso de Soyapango es el primer paso… un paso firme como pregón de otros pasos.

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