¿Quién decide qué problemas importan en una sociedad?; La planificación como ejercicio de poder

Por Redacción Académica: Diego Armando Abrego Guerra
Wendy Magdalena Anaya Márquez
Johana Elizabeth Jovel Lemus
Carlos Mauricio Palacios Osorio
Mtra. Emma Beatriz Ríos de Herrera, Docente de la cátedra
Aportes desde la Cátedra de Gerencia Social en Trabajo Social (Centro Universitario Regional de Cabañas, Universidad Luterana Salvadoreña)
En el debate contemporáneo sobre políticas públicas y acción social, la planificación suele presentarse como un proceso técnico, neutral y orientado al bienestar colectivo. Sin embargo, una mirada crítica; nutrida tanto por la teoría como por la reflexión estudiantil; revela una dimensión menos visible pero decisiva: la planificación es, ante todo, un ejercicio de poder.
Lejos de ser un simple instrumento organizativo, planificar implica tomar decisiones sobre qué problemas atender, a quién beneficiar y desde qué perspectiva comprender la realidad. En palabras de Carlos Matus, planificar es “intentar someter a nuestra voluntad el curso de los acontecimientos”, lo que evidencia su carácter profundamente político.
¿Quién decide qué es prioridad?
Una de las primeras preguntas que emergen es quién define qué merece atención urgente. Desde la experiencia compartida por estudiantes de Trabajo Social, esta decisión recae generalmente en actores con poder institucional: el Estado, gobiernos locales, organismos internacionales y direcciones de organizaciones. A estos se suman actores económicos con alta capacidad de incidencia, como el sector empresarial.
No obstante, la planificación no responde a una sola voz. También intervienen equipos técnicos, como los trabajadores sociales, quienes aportan criterios profesionales para identificar riesgos, urgencias y necesidades. En este proceso, las instituciones establecen límites a través de recursos, normativas y marcos de acción.
Este entramado confirma que las prioridades no son neutras: se construyen en medio de relaciones de poder, donde algunos actores tienen mayor capacidad de imponer su visión sobre otros. Como advierte la literatura, si no se transforman las condiciones estructurales, la planificación puede terminar respondiendo a los intereses de grupos dominantes más que a las necesidades colectivas.
¿Quién define los problemas?
Aunque quienes viven las problemáticas sociales son quienes las experimentan de forma directa, no siempre son quienes las definen en el ámbito institucional. Los estudiantes destacan que los problemas surgen de la propia sociedad y afectan a sus miembros, quienes también buscan resolverlos. Sin embargo, en la práctica, la definición de “qué es un problema” suele pasar por filtros técnicos, políticos e incluso ideológicos.
Matus cuestiona la idea de una única verdad objetiva en la planificación, señalando que la realidad está compuesta por múltiples actores con distintas interpretaciones. Esto implica que los problemas no son dados, sino construidos desde posiciones específicas dentro de la estructura social.
Así, lo que para una comunidad puede ser una necesidad urgente, para una institución puede no ser prioritario. Esta tensión revela que definir problemas también es ejercer poder: es decidir qué se visibiliza y qué se invisibiliza.
¿Desde dónde se construye el diagnóstico?
El diagnóstico social, pieza clave de la planificación, tampoco escapa a esta lógica. Tradicionalmente entendido como un proceso técnico basado en datos, hoy se reconoce como una construcción interpretativa.
Desde el Trabajo Social se propone un enfoque situado y participativo, que incorpore las voces, experiencias y contextos de las comunidades. Escuchar, convivir y comprender las realidades desde dentro permite construir diagnósticos más pertinentes y justos.
Esto coincide con la crítica de Matus a la planificación tradicional, que separa al planificador de la realidad. Por el contrario, plantea que el sujeto que planifica está inmerso en esa realidad y la interpreta desde su posición. En consecuencia, no existe un diagnóstico único, sino múltiples lecturas atravesadas por intereses, valores y relaciones de poder.
Planificar es decidir el futuro
Asumir la planificación como ejercicio de poder no implica rechazarla, sino comprender su complejidad. Significa reconocer que cada decisión; qué priorizar, qué problema atender, cómo diagnosticar; configura el rumbo de la acción social.
En el campo del Trabajo Social, este reconocimiento es fundamental. Implica apostar por procesos más democráticos, donde las comunidades no sean solo objeto de intervención, sino sujetos activos en la construcción de soluciones.
Porque, al final, planificar no es solo organizar acciones: es disputar sentidos, redistribuir poder y decidir, colectivamente, hacia dónde queremos ir como sociedad.





