OPINIÓNPORTADA

Alta hora de la corrupción

René Martínez Pineda

Sociólogo y escritor UES-ULS

El 1 de junio, Nayib Bukele inició la guerra contra la corrupción con un imputado simbólico: “el capo” que juntó la traición de los acuerdos de paz con la corrupción y privatización. El anuncio provocó infartos y tembladeras en la oposición. Y es que, desde la raíz de las condiciones heredadas, podemos afirmar que en la gestión de Nayib la clave es: personificar el sentido común que deambula por el patio de los pobres que es la sinopsis de una novela sobre doscientos años de soledad.

En estos cuatro años vamos comprendiendo que primero hay que resolver los problemas y luego sus causas. Y entonces, de venir de que la corrupción nos dé “palos de ciego”, pasamos a “darles palos de vidente”, pues ya mucho joder con eso de poner la otra mejilla. Ese acto de retornar a lo cotidiano traspasa lo fenoménico y supone señalar que la corrupción, por sus hondas raíces, es compleja y de larga data.

Decir que la corrupción es compleja es descubrir su ombligo y demagogia desvergonzada en los discursos de los políticos y diputados anteriores que la reducían a una abstracción baladí, de la misma forma en que este último año descubrimos que cada asesinado y cada madre sufriente tiene cara y nombre, y que el dolor es el mismo en el corazón del pueblo, y que la persona es cada persona en el laberinto de la soledad y en la Babel del hambre a ras de suelo provocada por los corruptos.

Hay que combatir la corrupción y fomentar la honradez, no se puede hacer lo uno sin lo otro, no hay que caer en la tentación de sólo odiar al corrupto sin amar al honrado. Claro está que el odio a veces es la purga infalible y que es buena señal que los corruptos se suiciden en el rumbo desconocido… pero más necesario para la reinvención del país es el amor al honrado. Por eso la frontera entre el Poema de Amor (del Roque que espera justicia), y Patria Exacta, de Escobar Velado, simplemente desaparece en el misterio de la hazaña de reinventar un país usando otro libro para escribir su historia con la revolución ciudadana como drástica acrobacia.

Casi habíamos perdido la esperanza de justicia, pero, de un día para otro, de doscientos años para un día, se detuvo el diluvio. Y fue entonces que el pueblo, sentado en las gradas del Palacio Nacional con un atole shuco en la mano, dijo: cuando el diluvio pase nos pondremos a inventar máquinas que tejan sonrisas, y tendremos tiempo de sobra y no comeremos sobras porque se van a amansar los mercados y caminos; se van a derribar los puentes por donde huyen despavoridos los corruptos… cuando el diluvio pase y, como hormigas, metamos en casa lo que nos robaron a plena luz de los curules, podremos pregonar a los siete vientos que somos sobrevivientes del más terrible naufragio en tierra firme.

A la alta hora de la corrupción a la que le ha llegado su hora, nos sentaremos en el parque Libertad a darle de comer a las palomas, con el corazón echo un mar de lágrimas dulces debido a que tendremos el destino abierto al resplandor del cielo y el predestino bendecido con sendas floridas… y nos sentiremos nostálgicos tan sólo por estar vivos después de haber sufrido tantos años en medio de la muerte que amenazaba a la familia que amamos.

A la alta hora de la corrupción a la que le ha llegado la hora, le daremos un abrazo, sólo porque sí, al primer desconocido con el que nos topemos cuando caminemos sin miedo por el país que nos sustentará con comida y amigos. Y será a esa hora en la que recordaremos, con la garganta hecha un puño, todo aquello que nos robaron y a todos aquellos que perdimos en la guerra de pobres contra pobres, y de una vez aprenderemos, en la escuela del sentido común de la patria, todo lo que no aprendimos con el sentido común individual.

A la alta hora de la corrupción a la que le ha llegado su hora, valdrá más lo que nos pertenece a todos porque lo público será público y será mejor que lo privado, lo cual nos hará ser ciudadanos comprometidos con las bellezas del arte de ser pueblo y, de súbito, la nostalgia reseñará las virtudes y anhelos por quienes están presentes y por quienes se han ido. En esa hora recordaremos al niño pobre de sonrisa tenue que pedía una cora en el semáforo, del cual nunca supimos su nombre, aunque siempre estaba en nuestro camino. Y ese niño pobre es la súplica de que le llegara su hora a la corrupción; y ese niño es el sustento de mi religión implorando que la haga una doctrina con rostro humano para que comprenda que el milagro más grande es él, porque aún recuerda cómo sonreír.

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