
René Martínez Pineda
Sociólogo y Escritor -UES-ULS
Digo cuatro años, y bien pudiera decir cien por el impacto que han tenido. Y aunque los adoradores patológicos del cangrejo cholco quieran lo contrario; aunque conspiren por lo contrario a la hora húmeda del concubinato, El Salvador se va a convertir en un lindo país y, sin exageraciones drásticas, también será -¿verdad que sí, Roque?- un serio país que los otros países tomarán en serio, porque nos pondremos serios con eso de acabar con la miseria y con los miserables que la incuban en la placenta de la traición. Claro está que aún falta un trecho largo y áspero para llegar a casa, la casa-país que soñamos por la noche; la casa-nación que queremos nacionalizar para que los lirios se muestren tal cual son; la casa-territorio que queremos recuperar de las garras de la tortura horizontal que inventa fronteras intransitables y del toque de queda de los matarifes que, imitando a Dalí, dibujan el reloj a su imagen y semejanza.
Hemos recorrido, descalzos, un millón novecientos setenta mil kilómetros, con ochenta y nueve centímetros, para llegar hasta donde estamos ahora, justo aquí, en el tiempo-limbo de la transición, y quien dice esa cantidad de pasos dice que se ha caminado mucho y que se ha llegado con los pies reventados por las piedras y las víboras del suicidio inducido, pero que seguimos con las ganas de caminar intactas, como cuando dimos el primer paso hacia una luz que la distancia hacía inasible y adictiva e irreal.
En este trayecto en busca del país soñado bajo la ceniza, tuvimos que reventar a pedradas las campanas de la Iglesia La Merced; tuvimos que rompernos los tímpanos para poder oír el crujir de dientes del pueblo a la hora de la cena; tuvimos que hacer gárgaras con aguarrás para borrar el mal sabor del chilate de la corrupción; tuvimos que meter en lejía y agua hirviendo las naguas de los próceres sin corona que se creían reyes; tuvimos que remontar El Barranco de El Nonualco sin Cabeza para comprender que la posición originaria de ésta es erguida; tuvimos que escalar desnudos el cerro de los dioses para comprender que el único bálsamo permitido es el que cura las heridas de amor, no el que se usa para tancar la sangre provocada por el agresor sin doctrina; tuvimos que salir, sin mapa ni guiños de la Polaris, del laberinto de los 44 pasillos del Coronel que no tenía quien le escribiera porque las hormigas no saben escribir; tuvimos que arrastrarnos por el túnel de vapor de la integración económica para descubrir que nos estaban desintegrando el cuerpo a balazos y traiciones; tuvimos que limpiar la sangre de la rebelión de las pizarras; tuvimos que sumergirnos en la noche clandestina de los lápices rotos para comprender que la utopía no está hecha de palabras y que, o es de conocimiento público o no es utopía; tuvimos que soportar, con resignación cristiana, la dura reprimenda del huracán de plomo de los encapuchados de manos blancas y alma negra; tuvimos que guardar en un grial de lapislázuli el santificado corazón que pregonaba milagros colectivos, platicaba con un dios mundano y curaba con homilías el mal de ojo del miedo; tuvimos que contemplar, desde la galería de la desigualdad social, la firma del pacto con el diablo y la remodelación de los 92 círculos del infierno; tuvimos que hacer cuentas cabales con el ladronismo funesto que cuadra sus finanzas en el exilio; tuvimos que soportar la disentería de la traición más grande de la historia.
Pero aún falta un largo trecho por caminar y hace falta tomar quinimil litros de sopa de patas para curarnos la goma de doscientos años. Y entonces llegará el día en el que no sea una tragedia para el trabajador que se le rompa un calcetín; que no sea un evento de extinción masiva perder el empleo; que no sea una tragedia que el hijo mayor se haya retrasado, unos minutos, en llegar a casa, porque estaremos seguros de que se quedó jugando en el parque o dándole chorromil besos a la novia. Pero aún falta un largo trecho para ver en toda su desnudez histórica al lirio descalzo que se curó a sí mismo -con un té de cáscaras del palo de jiote- la tembladera que tenía, con la ilusión de convertirse en un lindo y alucinante país.







