
René Martínez Pineda
Sociólogo, UES-ULS
Escribo sobre lo que me aturde en la madrugada, exactamente a la misma hora, como si fuera un reloj despertador de sueños; escribo sobre lo que me acecha al mediodía bajo el fango del río de la ignominia del opositor de oficio; escribo acerca de quienes atacan al pueblo, con indecible tirria, desde el núcleo interno de la letrina que tienen en el pecho; escribo acerca de lo que me pica el pie izquierdo, el domingo por la noche, para anticipar el veneno de la semana… y ese líquido me rebalsa, inunda y ahoga como diluvio amargo en el rompido corazón que va en camisa a la misa en El Calvario.
Escribo sobre los tristes más tristes del lunes, quienes -como sumisas palomas del Parque Libertad- amanecen esperando -agazapados, temblorosos, mudos- que se abran las puertas del Montepío para dejarse tragar por ellas, creyendo que es la ballena que salvó a Jonás… y entonces recuerdan que lo único de valor que les dejó el bipartidismo es el alma; que los únicos fiadores que tienen son las moscas con las que se disputan la comida en el predio baldío del plato fracturado.
Escribo sobre lo que los venéreos poetas callan, olvidan o entierran para no perder la oportunidad de ser miembros del círculo literario de juguete; o para no perder el premio, otorgado sin jurado notorio, de ser parte de la antología de escritores que no conocen palabras con calcio. Escribo para afirmar que el hambre de los pobres es drástica, cruel, apabullante, recia e incondicional, tal como es el fulminante amor que busca derrotarla cuando comprendemos que uno no aguanta hambre solo, y entonces las raíces se convierten en un hermoso ángel vengador.
Digo y sostengo que es hermoso porque el hambre sólo puede ser encarada con el amor incondicional; y porque yo escribo sobre el dolor de los pobres como me da mi soberana gana, que es lo único soberano que me quedó después de la firma de unos acuerdos de paz que pactaron una guerra social de pobres contra pobres usando las armas de la delincuencia. Lo importante es escribir sobre ese dolor heredado, perderle el miedo, hacerlo mundano para que pierda el halo de divinidad que lo amamantaba en la arena del frente de la playa de los cuchillos crudos, y para que la persona se descubra como ser objetivo; como ser sufriente y amador que, por experimentar cotidianamente su dolor y amor, debe mutar en un ser intenso y diáfano para que la luz de las luciérnagas sociales diseque a las serpientes que acechan en la esquina de la irrelevancia.
Escribo acerca de esas cosas infinitamente amargas, tremendamente cotidianas, porque estoy convencido de que se deben denunciar para tener conciencia del sabor dulce del huracán de puños decisivos; para que se tenga conciencia de que no se podía seguir riendo de tristeza.
¿Cómo podía reír el pueblo si la delincuencia le había robado el nixtamalero del desayuno? ¿Cómo podía reír si amanecía tiritando de frío como el perro callejero que tuvo que dormir en la acera en la que escupían los políticos de nalgas hediondas? ¿Cómo podía ser feliz el pueblo si desconocía la justicia, si tenía como hijos meritísimos a los corruptos y traidores siameses, y si para él todo era duro: la cama, la cobija, la caricia, la escuela, el día, el año, las tres décadas… y hasta el pan después del sexo?
Y pensar que en medio de toda esa inhumanidad certificada por la corrupción y el crimen; que en medio de ese dolor escatológico; que en medio de ese nido de serpientes -que muerden sólo a los descalzos- los intelectuales inocuos tienen el cinismo de hablar del pueblo y de estudiar doctorados sobre Roque sin saber en qué consiste su poesía y sin tener las neuronas necesarias y el alma pura para juntar lo lírico con lo social.
Escribo, aunque me duela el lápiz obligatorio de mi sangre herida; escribo para borrar la pesadilla de que existan niños de la calle porque ellos son el más grande milagro, la más grande denuncia de la villanía previa, y son el reto más grande a vencer para decir, con retoñable gozo, que construimos la democracia real en el ojo del cielo… Acabar con la delincuencia sólo es uno de los muchos pasos por dar para reinventar el país de nueva rosa descolorida que se niega a morir.
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