OPINIÓN ESTUDIANTILPORTADA

El laberinto de los dolientes

Gracia María López Anzora

Estudiante de Sociología -UES-

La pérdida de un ser querido, es un limbo en el que se detiene el tiempo y el espacio, y, como bendición o tortura, aparecen emociones inexplicables, y no se sabe si ese dolor y nostalgia son un sueño, o si es la realidad mordiendo nuestro cuerpo para hacernos sentir que estamos vivos. El aire se vuelve denso y oscuro, y, como ecos macabros, se escuchan los gritos y lamentos desgarradores de los familiares y amigos, como si se tratara de una pesadilla de la cual no se puede despertar. Es entonces que nos damos cuenta de que la vida es un suspiro del calendario y de lo frágiles, pequeños y vulnerables que nos volvemos al perder a alguien que amamos, y por más que tratemos de ocultar nuestros sentimientos que cabalgan desbocados en el pecho para hacer tangible nuestro dolor.

El hecho de no poder abrazar a ese ser querido, nuevamente, y saber que todos esos momentos de alegría, platicas amenas llenas de sabios consejos y regaños oportunos son, disfrazados de risas melancólicas, la presencia en la ausencia. El dolor se agiganta cuando comprendemos que esos momentos no se volverán a repetir más allá del imaginario del que hablan los sociólogos; el dolor y la tristeza se vuelven inevitables y ásperas, como una sombra cruel y persistente que nos persigue de forma implacable. En el pasaje del duelo, que es el limbo de la memoria y el laberinto de la soledad de los dolientes, los detalles que antes no eran considerados importantes, de repente se vuelven elementales e inevitables porque son el aire que respiramos, tales como sus canciones favoritas, su lugar preferido para descansar y soñar con un mundo mejor, preparar su comida favorita… y el dolor nos lacera al saber que jamás la probara… o, simplemente, ver su ropa planchadita y arreglada por orden alfabético.

Los anteriores son momentos duros y situaciones amargas, como hiel, en las que la nostalgia nos carcome el alma que corre por las venas y, al mismo tiempo, nos enseña a valorar lo que normalmente consideramos pequeños momentos, para convertirlos en volverlos memorables. Y es que, por cuestiones culturales, el simple hecho de soñar con esa persona, con ese ser querido, se vuelve una experiencia invaluable que nos da vida para poder soportar su muerte. El duelo, como acto sociológico y necesario, es un proceso difícil que necesita del apoyo colectivo para entender, sin sufrimiento, el ciclo de la vida, y para comprender el propósito por el cual hemos sido enviados a este mundo, lo cual nos obliga a confrontar nuestros miedos, a comprender que nada es eterno y que nadie nos pertenece, aunque sintamos que nosotros le pertenecemos. Los recuerdos se volverán el más grande tesoro y el amor puro, será una huella permanente en nuestros corazones, que es el lugar simbólico en el que habitan nuestros sentimientos.

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