OPINIÓNPOLÍTICAPORTADA

Cerrado por remodelaciones

René Martínez Pineda

Sociólogo y Escritor, UES-ULS

Para curar las heridas de un país tan herido, no hay nada mejor que el ungüento de altea de mi bisabuela, pero ese ungüento no borra cicatrices; ni el himno nacional seduce la fina geografía de la diosa protectora de los obrajes; ni el rosario bendecido por un cura fornicario pregona el recuento del tiempo perdido, porque esos sortilegios cotidianos callan más de lo que dicen, aunque lo poco que dicen es la pura verdad, la verdad de las víctimas.

El país está siendo descubierto por nosotros luego de un encierro de dos siglos, y ahora nos topamos en la calle con el almacén que vende camas que se incendian con sueños sin miedo a las desilusiones. Estamos aprendiendo a vivir con los otros y con nosotros en el vecindario de la panela; aprendiendo lo que el tiempo significa más allá del reloj; aprendiendo a organizar marchas de besos y huelgas de olvidos; aprendiendo a usar la ropa de domingo todos los días y a ponernos la máscara del superhéroe que vence al monstruo del hambre que asusta a sus hijos.

El país está siendo exhumado en el cementerio de los ilustres desconocidos que todos conocemos; se está convirtiendo en un destino turístico de la quimera de lo imposible… el tour por la calle que abraza al telégrafo en un autobús, celeste como el cielo, absorbiendo su arquitectura nostálgica con ojos que no olvidarán nunca más el rostro de las sonrisas de los niños sin miedos ni augurios de barrotes. Esto ya es abusar de mi inspiración utopista, es ponerle un trabajo extra al corazón que la corrupción y la dictadura militar me dejaron tan ajado, por lo que, como agónica táctica de sobrevivencia, lo cerré temporalmente para evitar que fuera derribado por el sismo de ladrones.

Ahora todo se ve diferente desde la ventana seducida por el rumor del río Güiscuyulapa que aún recuerda el sabor de los pies de la diosa protectora de las luchas desiguales. Y entonces, por los intersticios de las arrugas de mis palabras, se filtra el recuerdo del desamparo que sentí cuando creía que todo estaba perdido y que cada verso de mi denuncia era el último, pero hoy sobran los motivos para empezar de nuevo y poner las cosas en su sitio. Ante mis ojos renace la flor de izote en el jardín colectivo; se levanta un penal en el que cumplirán su pena los que causaron tantas penas. Esta es la guerra social que enfrentamos, una guerra más cruenta que la civil; es un tú a tú entre victimarios y víctimas; es una recreación de la lucha entre moros y cristianos para derribar el muro de plomo que levantaron con los ladrillos de la impunidad para mantenernos alejados de la justicia.

Pero… hoy todo parece distinto porque el país ha sido vacunado contra el virus que se negaba a morir y nos mataba a pausas; hoy estamos borrando la amnesia en el cielo del paladar sin comida; estamos barriendo el polvo que dejan los carros fúnebres cuando van rumbo al cementerio sin lápidas o al banco que lava las treinta monedas del corrupto; estamos inyectándole penicilina al invierno de la Avenida Independencia; estamos volviendo a leer Pedro y el Capitán y aconsejando a la Caperucita para que no vaya a la zona roja. Este país que descubro es un hacerse desde abajo; es secar la espalda del hermano mojado; es cerrar por evasión fiscal el valle de fábricas de la tristeza en los labios rojos; es una colmena a la que le devolvemos la miel confiscada; es un borrón de la tinta de sangre; es un volver alegre de los huesos después de la oficina; es un remendar los agujeros en la camisa de la soledad. Es, en definitiva, un cartel colgado en el corazón que dice: Cerrado por remodelaciones.

Redacción LPT

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