Messi: el capitán del planeta fútbol

René Martínez Pineda
Sociólogo y Escritor, UES-ULS
Al igual que todos los salvadoreños que vivíamos en el monumental estadio de la pobreza en los años 70, yo soñé con ser una estrella del fútbol para vencer con goles y chilenas la desigualdad social, al menos durante noventa minutos. Ese sueño tan lleno de placer y de triunfos en el imaginario, se parece a la historia del país, porque es un sueño alegre con caminos tristes y despertares traicionados desde que la belleza y magia incondicional de ese deporte que nace de la alegría de jugar, sólo porque sí, se convirtió en una mercancía ordinaria y suntuosa. El fútbol es, para los pueblos, una materialización de Dios, aquí en la cancha como en el cielo, y como él cuenta con una feligresía devota de miles de millones porque es un factor de identidad sociocultural más fuerte que las religiones que sólo los intelectuales sin sangre en las venas no comprenden ni disfrutan con pasión.
A lo largo de mi vida he visto jugar a los mejores de la historia (Pelé, Maradona, el “Mágico” y Messi), personajes irreales que han cambiado sus reinos por un gol del triunfo. Cada uno de ellos ha tenido su propio estilo de jugar, su propio modo de ser únicos en el fútbol, un modo de ser que con cada regate revela los secretos de sus comunidades mágicas exigiendo el derecho a soñar y a ser triunfadoras de los pies de sus ídolos de barro, ya que en las urnas electorales no han podido serlo debido a que los ricos y corruptos han comprado a los árbitros del sistema. Pero, en río revuelto, ganancia de goleadores, eso lo sabemos muy bien en el país desde que, en 2019, el pueblo se insurreccionó en las urnas con los goles de los votos y, con una goleada indecible, le ganó al equipo del bipartidismo a pesar de que tenía comprado al árbitro central y a los líneas.
Pero, la pelota no tiene la culpa de todo eso, si acaso a veces ha sido cruel con quienes mejor la tratan y ha decidido no entrar en el arco y dar el título, pero luego, como en el mundial de Qatar, entra en razón y obedece en todo al pibe que la acaricia, que la convierte en un universo de luz que ciega al adversario, que la besa con los pies, que le canta una canción de cuna cuando la recibe con el pecho y, como si fuera una gota de miel, la baja al pie.
Galeano afirmó una vez que: “en su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”, y eso fue cierto hasta que, con el número 30 en la camiseta, pisó la cancha el futbolista que nació para convertirse, lejos de su patria, en una singularidad sociológica que sólo se compara -en escenarios distintos, pero con apoyos iguales y sin fronteras- con la de Nayib Bukele: Lionel Messi, el capitán del fútbol en los últimos quince años, y quien logró que millones de aficionados de todo el mundo hicieran a un lado la bandera de su país e hincharán por Argentina, para que él el cobrara al fútbol la deuda pendiente: levantar la copa de campeón del mundo. Los estadios en Qatar ahora están vacíos, pero aún se escucha el eco escandaloso de los goles y pases del rosarino que jamás se dio por vencido.





