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Trabajo social: de la creatividad a las transgresiones

La particularidad de mi profesión, invisibilizada por la burocracia y las ausencias, es que me permite incidir, de una forma totalmente emancipatoria y personal, cada experiencia de vida con la que me enfrento

Emma Beatriz Ríos de Herrera.

Trabajadora Social -UES-

Con alegrías cual alquimistas de tristezas y, últimamente, con deseos indecibles de entregarme de lleno a la transformación, tanto íntima como colectiva, he aprendido que el Trabajo Social es una profesión que requiere de capacidad de adaptación positiva; voluntad para transformar, sin miedos de por medio, el país; creatividad para romper paradigmas; flexibilidad para vivir en dos mundos distintos, al mismo tiempo, y audacia, para inventar y reinventar la vida, esa misma audacia que tenía cuando, en la universidad, quedé subyugada por el libro de sociología que, en secreto, me enseñó que los demonios del cambio social son los que imperan en el imaginario, cuando se está a solas.

La particularidad de mi profesión, invisibilizada por la burocracia y las ausencias, es que me permite incidir, de una forma totalmente emancipatoria y personal, cada experiencia de vida con la que me enfrento, la que analizo a profundidad como si se tratara de un acto de fusión que me lleva a compartir, en secreto, mi intimidad a flor de piel. Con el inextinguible faro de un código deontológico, en permanente reconstrucción, descubro el cómo y el para qué de mi profesión, y bajo su luz me deslizo y fluyo entre los problemas de los otros, haciendo uso del arsenal de saberes académicos interiorizados durante mi formación universitaria, los cuales se convirtieron en conceptos significativos -en lo individual y social- a través de la verdad pragmática presente en las experiencias y práctica profesional.     

La realidad, que siempre está fuera del alcance de los libros, se encargó de enseñarme que la práctica profesional está incidida por variables intervinientes que la atan -o la desatan-, tales como: nuestras experiencias vividas o imaginadas, el contexto laboral y, muchas veces, nuestra capacidad económica para cubrir, sin agonía, las cuotas de una formación especializada, todo lo cual hace que cada trabajadora social sea única y auténtica.

En mi caso, los deseos de superación constante -formal e informal- son parte de mi personalidad, una personalidad fundada sobre una realidad dura, y lo son en función de ir mejorando mi atención y mis relaciones con las personas con las que trabajo, y para ello, en los últimos meses, he recurrido al uso de metáforas que nutren mi creatividad, cualificando así mis intervenciones, en tanto respuestas a los problemas expuestos como tales.

Y es que, las trabajadoras sociales, en modo esencial, debemos darle respuesta a las demandas, dilemas y necesidades inherentes a la realidad social, cuya trama es una hojarasca en constante transformación, lo que es un desafío profesional y personal que resuelvo cuando mi intimidad es un refugio libertario que alimenta, y cuando las metáforas que uso me inspiran porque yo las inspiro. Sé bien que las limitantes del trabajo social son muchas, sobre todo en las instituciones públicas o sin fines de lucro, pues en su mayoría no tienen los recursos suficientes a la hora de abordar las demandas de las comunidades, cuyo origen siempre está en la precariedad que vulnera lo económico, lo social, lo cultural y lo familiar.

Sin embargo, siempre he estado en la disposición de superar esas limitantes de mi profesión, dando mucho más de mí de forma incondicional, haciendo de mi práctica profesional, una especie de apostolado, tan inalienable como fascinante, que me da la posibilidad de comerme el dolor y los pecados ajenos, luego de haber conjurado los míos, en el breve espacio de mi intimidad, en la que nacen ideas de práctica creativa que son bien recibidas por aquellas personas que, sin pretextos, están dispuestas a comprender su universo vital ensayando cosas nuevas y transgresoras de paradigmas, cuyas anomalías son las metáforas propias de los poemas que me inspiran y que inspiro a fuerza de sudor y entrega cotidiana.       

Para mí, las metáforas son una forma disruptiva del trabajo social que proviene de la nostalgia de aquellos tiempos, tan lejanos, en los que mi ingenuidad se vio reflejada y rota en el río de los demonios inesperados, debido a que traducen las emociones más complejas y enmarañadas, en imágenes comprensibles y sin atuendos, imágenes que puedo decodificar para entrar en el mundo interior de las personas -y en el mío-, sin que incurra en un acto intrusivo, reduciendo así las resistencias culturales y los bloqueos epistemológicos.

Trabajar desde y con la metáfora, es trabajar desde el imaginario propio y ajeno, para construir un destino plagado de esperanzas como nombre propio del cuerpo-sentimientos que habitamos, y que definimos con narrativas que reivindican las presencias en lugar de las ausencias. He ahí el porqué, para mí, el trabajo social es mi refugio, mi lugar seguro, tan lleno de sensaciones, creencias, rituales liberadores y transgresiones inconfesas que me llevarán a transformar la vida de los otros, al mismo tiempo en que transformo la mía. 

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