OPINIÓNPORTADA

Razones para no suicidarse

René Martínez Pineda

Sociólogo y Escritor, UES-ULS

En el caso del revolucionario, el suicidio es una ingrata autocrítica. Pero ¿cómo no sopesarlo en medio de la miseria de la oposición que se aferra al ayer; en medio de la mentira de los cobardes del whisky que traicionaron al pueblo; en medio de un estiércol pulcrísimo con hongos verdes? Yo, pongo lo bueno y malo en la misma taza para beberlos juntos, sabiendo que al final queda un chingaste profético que vence al alegato suicida, porque son más las razones para no consumarlo hoy que la vida tiene vida. ¿Qué sería de mí si me suicido con la soga de la impaciencia y dejo tiradas mis cosas?

Ahí están, donde las dejé, las palabras buenas y malas soñando en una cama de clavos; allá, lo bueno y malo enredado en la convicción que se empecina en arriar la conciencia. Ahí, una memoria más grande que el olvido; el tren bufando nostalgias en los ojos cansados; la risa adyacente como simulacro del alba, y el bar arrogante copado de zopes con ideas psiquiátricas sobre la moral; allá, la duda geométricamente nutrida con coplas y la litigante traición del extraño del pelo pintado con sobresueldos; la suma para calcular los besos dados y la resta para acabar con el hambre; los hoteles baratos olorosos a ruda salvando hormonas, y el himen robado en la iglesia; las aulas para dar el salto mortal del compromiso y la cárcel para los doctorados del odio y matarifes de dólares.

Ahí están las urgencias fisiológicas del alma; el pérfido merodeando el parque colmado de vagos eruditos, desempleados crónicos y esquineros sospechosos; la Regia y la misa bipartida soportada treinta años con cristiana resignación; allá, el espíritu de los mártires olvidados y una gatita blanca como excusa para no suicidarse a las ocho de la tarde; la oportuna versión corta del himno en el partido de fútbol; la Buenos Aires de Quino y Washington como gendarme del oro; allá, la ceniza del masacrado orinada por los chuchos con corbata, y el hielo de la revolución sin semen, el unicornio azul, la luciérnaga que alquila un cuarto en el mesón del pecado original… Ahí estoy yo y la mujer de insólitos pezones de fresa siendo cada día más esposa y compañera.

Ahí están mis zapatos remendados, y allá la camisa de marca que se compra con tres salarios mínimos sin remordimiento aritmético; ahí, mi orgullo diletante para no meter la otra mejilla; mis pudores gramaticales jubilados y el jadeo con que construyo lunas lujuriosas; los labios pálidos que hacen el milagro del beso de la justicia; el cinismo de la borrachera subsidiada y la locura quijotesca que redime; el beso de buenas noches con que amo a quienes amo hasta lo indecible.

Ahí está el sexo sin pecado, bien pecado; los Beatles y los discursos clonados del traidor que dinamitó promesas en los cerros de la política malparida; unos pies en la tierra que conocen el camino a mí boca, y el grito en el cielo porque el sueldo agoniza; Saramago y el magistrado electoral aplastando esperanzas con su sífilis ideológica; el maestro de historia matando mentes, la doble moral del burócrata procesado y el enfermizo doctorarse para mandar a hacer un sello que lo atestigüe. Allá, el sol izando celajes para volver más loco a los locos que queremos reinventar el país, y la vejez de sangre azul; la visa sin pasaporte para entrar, sin aduanales trámites, al paraíso terrenal de los tres tiempos de comida. Cien palabras y mil razones para no cortarse las venas a mordidas hoy que el país se está poniendo chulo, aunque algunos alcaldes destruyan el patrimonio cultural de la honradez.

Ahí está mi as escondido bajo la manga de un libro universal y el frío recitando pandemias desde el carro comprado con dinero ajeno; ahí, la nostalgia del héroe traicionado por los mercenarios de la revolución; la duda insepulta de la niña buena que no quiere ser mala, pero que debe serlo para sobrevivir al Facebook; la asombrosa piedad del pueblo al que los corruptos no le tuvieron piedad y el niño que aprende a sumar con un candil.

Ahí está mi pared de libros; la sala con una foto que nadie ve, y también la morbosidad del cabrón etnográfico; la ausencia de glóbulos rojos por regar con lágrimas la tumba anónima; la tos metida en los huesos junto al lujo de no tener frío; allá, la ropa de domingo que usamos todos los días; inviernos en busca de Noe en las comunidades de abajo; el mal sabor de la guerra entre barrios sin alcurnia; enjaranarse para comprar el estreno del hijo que pasó el grado con buenas notas… y el concejal que protesta porque le van a quitar el dinero que se ganaba sin tirarse un pedo. Ahí, la selección de fútbol playa tomándose el cielo por asalto y el viento que me lleva de la mano hasta el lugar secreto que inventé cuando niño. Ahí, la sed con agua; la rabia con manos; el ruido que hará el milagro del pan nuestro de cada día cuando los corruptos devuelvan lo robado.

Ahí están los versos colmilludos, y también el horóscopo y la Constitución redactada por asesinos y ladrones. Allá, los tricolores restos del naufragio en tierra firme; las heridas de las dos grandes guerras; las medallas de paz que se repartieron los solemnes traidores y la corona de espinas que nos pone en nuestro lugar. Ahí, el condón sin semen; arcángeles caídos por el desprecio del pueblo; barquitos de papel imbatibles; la amada Mafalda; dientes podridos por falta de uso. Ahí, la utopía incorruptible de Don Dago y la foto de la novia que nos dejó a merced de nuestros dragones; allá, un corazón en combo con el alma que nadie compra.

Ahí está el poeta comprometido con su poema de amor; el Quijote sin Sancho muriendo de soledad; la abuela que puede mantener en el aire un avión y las ruinas de Babel como antigua capital del pueblo; Sodoma como tierra natal de los diputados que robaron como malditos. Pero ¿qué sería de la piscucha sin mi hilo, del carrito de madera sin mis calles, de la cancha sin mi pelota goleadora? ¿Qué sería de mi sombra sin mi cuerpo? ¿Acaso no son suficientes razones para quitarse de la línea del tren del maquinista del pasado?

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LPT Redacción

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