OPINIÓN

¿Quién es el enemigo principal de la oposición política?

René Martínez Pineda

Sociólogo, UES-ULS

Leyendo Cien años de soledad me topé con este diálogo: “qué raros son los hombres –dijo, ella, porque no encontró otra cosa que decir. Se pasan la vida peleando contra los curas y regalan libros de oraciones”. Eso era lo que pasaba en la vieja Asamblea Legislativa, en la cual no se ejerció la llamada independencia de poderes, pues esa era una falacia grotesca, un engaño descomunal, un fraude estructural, y quien dice “estructural” dice que sobre esa base se montó la nación. La pregunta que rondaba los curules en esos años oscuros era “cuánto nos va a tocar de mordida”, refiriéndose, en una torcida hermenéutica de la gobernabilidad, a las reglas del juego que se nutrían con la sangre del pueblo.

Entonces, la política era inconstitucional porque no servía para “establecer los fundamentos de la convivencia nacional con base en el respeto a la dignidad de la persona en la construcción de una sociedad más justa”, pues se contaban por miles los asesinados en los sectores populares, y eso significaba que la sociedad que la Constitución y las organizaciones de derechos humanos defendían “carecía de moralidad e instrucción notorias”. 

Benedetti –en su poema “te acordás hermano”- lo dijo claro: “cada uno estaba donde correspondía… los capos, allá arriba… nosotros, aquí abajo”… no había forma de equivocarse porque las palabras estaban atadas a la realidad, a los cuerpos-sentimientos y a los sueños de justicia, ya que el discurso era un reflejo de la conciencia. Al final creo que el lenguaje debe ser eso: el reflejo directo de la conciencia. En esos días negros todo era confuso: el discurso de “los de arriba” se travistió con las palabras, utopías y consignas de “los de abajo” para cumplir sin sobresaltos sus ansias de corrupción y, en el peor de los casos, el discurso de “los arriba” salía de la boca de “los de abajo” que, por tener una mente sencilla y un bolsillo sediento, traicionaron a su ombligo, algo así como ser de derecha y hablar como si se fuera de izquierda; luchar por la constitucionalidad de las inocuas e inicuas reglas del juego que beneficiaban a los ricos y los victimarios -porque por ellos y para ellos fueron escritas-, pero no por la constitucionalidad del juego mismo.

Por su lado, el discurso de “los de abajo” –deslumbrado por la luz de un faro impío; ilusionado con las migajas que podrían caer- estaba lleno de la fraseología, intenciones e intereses de “los de arriba” y eso era como si los hubieran hecho desaparecer de un solo tiro (la desaparición social) sin recurrir a los tradicionales “escuadrones de la muerte”, o al ejército que se hizo famoso –y se proclamó como impune ante la Interpol- con su “tierra arrasada” en el Mozote, el Sumpul, Piedras Negras… no obstante que el Artículo 11 de la Constitución reza: ninguna persona puede ser privada del derecho a la vida, a la propiedad y posesión…”, atentado que incluyó la privatización de los servicios básicos. Esa era -como patético símil; como “ley del hielo” a “los de abajo” trocada en metáfora- la modalidad de las “desapariciones forzosas” que -siendo clasificado como el país más peligroso del mundo, aunque en el libro “El Salvador: historia mínima” se obvió esa tétrica calamidad- hicieron famosas a las tres décadas pasadas; desapariciones que nunca tuvieron una Comisión de la Verdad, aun cuando las víctimas se contaban por millones.

La extrema derecha salvadoreña –posicionándose en la modernidad en un solo lustro luego de los Acuerdos de Paz que implantaron otra guerra, de la mano de las consultorías, los líderes de la izquierda corrompida y de los abogados constitucionalistas que siempre defendieron la injusticia- aprendió muy bien eso de jugar con las palabras, ilusiones y utopías, mientras el pueblo y sus instancias de lucha social eran amaestradas, también, en el campo de batalla gramatical. La que antes (y quien dice “antes” dice que no sabe exactamente cuándo) era una ventaja estratégico-sentimental (el discurso revolucionario en el que no existía divorcio entre las palabras y las acciones, porque no existía divorcio entre la conciencia y la clase social) fue vendida sin regateo; fue pervertida, tanto por los partidos de derecha y empresarios -que cínicamente hablaban de democracia- como por las dirigencias populares cooptadas, y por eso el discurso político-ideológico dejó de ser tal, para convertirse en demagogia, en oportunismo, en constitucionalidad, en panteón de lugares comunes: el Artículo 3 de la Constitución dice que… “para el goce de los derechos civiles no podrán establecerse restricciones que se basen en diferencias de nacionalidad, raza, sexo o religión”, obviando deliberadamente las diferencias de clase social, que son las que, precisamente, no nos hacen iguales ante la ley.

Esa historia oscura es el enemigo principal de la oposición política de hoy: su pasado de corrupción e impunidad que no hay forma de minimizar o sacar del imaginario popular, por eso sus cuentas alegres de diputados en las elecciones de 2024 deben ser sólo eso: cuentas alegres que el pueblo no debe ni va a permitir.

Redacción LPT

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