
René Martínez Pineda
Sociólogo y Escritor, UES-ULS
Sangre. Dolor. Angustia. Víctimas sin victimarios. Victimarios sin castigo. Un día, cualquier día, el que sería el último día sin que lo supieran, les vi caminando hacia el salario mínimo entre navajas alevosas y extorsiones dolosas; los vi sonreír en el eco de una calle que el miedo hacía larga y cruenta y sin salida; los vi despertando a la estrella dormilona de la madrugada para no llegar tarde a sus clases sin escuela o a las fauces feroces del reloj marcador que descuenta las llegadas tarde y nunca paga las horas extra. Un día, cualquier día, todos los días, quemaron catorce almas sin cuentas bancarias; asesinaron ochenta y siete cuerpos sin nombres y mutilaron cien mil nombres sin cuerpos y sin derechos y sin velorios drásticos en la funeraria de la memoria, justo cuando la luz se escondía tras la piedra del silencio para no ser citada como testigo de cargo de una fiscalía con fiscales ciegos y jueces en oferta. Los sicarios y recaudadores de impuestos ilegales -esas sombras que llevaban colgado el carné de funcionario invisible del Estado- no los miraron a los ojos cuando dispararon su crueldad. Todos y cada uno de ellos cerraron los ojos para no ver los rezos inútiles del ¡líbranos de todo mal, amén! Muertos cayeron los diez, los mil, los cien mil. Muertos olvidados. Sangre en las manos, plomo en las entrañas que ningún corrupto quiere recordar. Sí, fue en el país; que fue en este país el crimen masivo sin castigo definitivo; pobre país que había sido arrodillado por los que se arrodillaban frente al vellocino de oro verde…
Luto. Sangre. Impunidad. Urna funeraria sin cenizas tibias. Urna electoral sin escrúpulos. Un día, cualquier día, todos los días, los vi caminar de la mano con la muerte anunciada como destino irremediable; tenían miedo de no sentir miedo. En el sol de la ignominia rebotaban las balas; en la luna del silencio de los curules se afilaban los cuchillos; en sol y sol; en luna y luna. Rezaban los muertos olvidados y nadie los escuchaba porque la pobreza los hacía anónimos. Ningún poeta del falso galardón los metía en sus versos mercantiles; el hielo de la muerte no fue cantando por aquellos a los que les cantaba la bonanza verde; la tragedia de la muerte deambulando por la vecindad de los olvidados; las carnes abandonando sus cuerpos sin novedad en el frente; sus ojos sin párpados pidiendo asilo en las clandestinas lágrimas de la nación materna; sus cabellos sin el privilegio del viento de las risas dominicales; sus labios sin besos pendientes ni encarnecidos.
Sangre. Fosa común. Corruptos comunes. Victimario sin cadenas. Dolor de madre como cadena perpetua. Víctimas sin novenario. Herida profunda sin arma del delito. Reos confesos sin cárcel. Un día, cualquier día, todos los días, los vi caminar de la mano del turno del ofendido… es hora de tallar lápidas exactas que estén hechas con el mármol de los sueños truncados para engordar cuentas bancarias y llenar urnas electorales; es hora de que el castigo ejemplar tome la palabra para evadir el silencio cómplice; es hora de que la cárcel sea tan grande como todos los cementerios juntos; es hora de que llore el agua de la justicia social en el territorio de la vida y nos diga que el crimen fue un mal sueño del país, pero que eso ya no será así porque los olvidados serán recordados en la sinfonía de la no repetición.
Es hora de juntar las cenizas de los muertos olvidados para construir con ellas la catedral sin infiernos aquí en la tierra.
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