«Los Millennials Salvadoreños: precursores de la transformación”

Israel Adonay López Choto
Estudiante egresado de la carrera de sociología -UES-
En virtud de lo que se presentará en este aporte literario, comenzaré detallando un poco el tema: “Los Millennials Salvadoreños: precursores de la transformación”. El tema se centra en los nacidos antes del nuevo milenio; sin embargo, en la actualidad, se utiliza el término “los millennials” o, más bien, -la generación Y- que nació entre los años 1980 y 1990. Claro que, después, siguen otras generaciones más actualizadas: los nacidos en los años 2000 en adelante. El autor de este texto nació el 19 de septiembre de 1996. Cuatro años después de los llamados acuerdos de paz, y formé parte de la última generación que vivió una infancia sin la influencia de la tecnología y la digitalización. Esto me ha permitido ser testigo de diversos cambios y transformaciones sociales en mi país en los últimos 28 años. Ser parte de esta generación ha implicado afrontar numerosos desafíos y retos. Es posible que muchos nos etiqueten como “la generación de cristal” o una generación privilegiada, pero cada experiencia ha contribuido a definir quiénes somos hoy.
¿Y por qué llamarnos la generación de cristal? A lo mejor, una generación antes de nosotros vivió los estragos de una amarga guerra que traumatizó la vida de los que ahora son padres de la generación. En mi caso, mis padres me relataron y me dieron testimonio de cómo era vivir en un país convulsionado y en conflicto; pero esa guerra nos heredó los estragos de esos traumas, ya que muchos nacimos en el seno de una familia donde el amor, la comprensión y la paciencia no formaron parte del habitus primario, según Pierre Bourdieu, quien refiere a la familia como la primera institución de formación para los infantes.
Si al carecer de esos valores fundamentales, muchos se criaron en familias con ausencia de alguna de las figuras paternas, siendo criados por tíos, abuelos o sólo por la madre, cargando el peso de cuatro o cinco hijos en entornos de pobreza extrema. No obstante, lejos de ser débiles y acomodados, crecimos y nos desarrollamos jugando en las calles de tierra del barrio, armando pequeños equipos para jugar fútbol callejero con los amigos de la colonia, apostando una Coca-Cola de tres litros, lejos de los avances tecnológicos que se avecinaban en el país. Porque muchos desconocíamos el mundo digital, que tanto nos mostraban en las películas transmitidas en el canal 6; muchos ni siquiera sabíamos encender una computadora, a lo mucho observábamos el modelo Nokia 3310 que tenían nuestros padres.
Yo lo recuerdo muy bien, porque ahí fue donde muchos nos sentimos atraídos por el mundo digital. Seguramente, el lector creerá que exagero, pero es verdad: nuestro país, en ese momento, estaba muy atrasado en cuanto al uso de la tecnología. Hoy en día, tenemos celulares más rápidos y eficientes, con los que podemos pasar mucho tiempo entretenidos, y eso lo han sabido explotar las nuevas generaciones, ya que su vida gira en torno a las redes sociales, dándoles mayores posibilidades, pero privándolos de la socialización que nosotros gozamos plenamente con los amigos y compañeros.
En las calles, ya no se suele ver niños jugando con trompos, escondedero, pelota, ladrón y policía, entre otros juegos que mi generación recuerda con nostalgia, porque después los barrios serian secuestrados por estructuras terroristas, y muchos de mis amigos con los que compartí la infancia ya no están, su infancia e inocencia fueron secuestrados y enterrados por la maldad y la milicia que ofrecía la influencia de las pandillas en El Salvador, y es aquí donde nace el mayor temor de la generación Y, “los millennials salvadoreños”
Nací y crecí en San Salvador Centro, en un barrio peligrosamente marcado por la violencia y la presencia de pandillas, con el lema; Ver Oír y Callar. La vida allí era marcada por el miedo constante, la violencia, la extorsión y amenazas, lo que llevó a muchos jóvenes a buscar refugio en las pandillas, conscientes de que ese camino podía ser mortal.
No exagero al decir que muchos de ellos no pudieron escapar, que sus destinos estaban sellados desde que cruzaron esa línea. La impunidad y la corrupción blindaron a esas estructuras terroristas, permitiendo que el miedo se apoderara de todos. La maldad y el sufrimiento que experimentamos, en aquellos años, aún pesan en mi memoria, un recordatorio de un infierno que muchos de nosotros ni siquiera teníamos la fuerza de describir con palabras. La violencia no sólo robó vidas, sino que destruyó sueños, familias y futuros, dejando cicatrices que jamás sanarán.
Aunque no vivimos una guerra civil con bombardeos y batallas visibles, los millennials salvadoreños hemos enfrentado una lucha invisible que dejó profundas heridas en nuestra sociedad: la guerra de las pandillas. Sin banderas ni uniformes, esta guerra silenciosa transformó nuestras calles en lugares de miedo y dolor, donde la violencia y la extorsión se volvieron parte de nuestra realidad diaria. Es difícil entender cómo todavía hay quienes niegan ese capítulo tan difícil que marcó a nuestra generación, y que, sin duda, sigue siendo uno de los mayores desafíos que enfrentamos como país.
Reconocer y reflexionar sobre nuestro pasado, es una muestra de valentía y sabiduría, es una oportunidad para entender de dónde venimos, las luchas que hemos enfrentado y los logros que hemos alcanzado. Sólo así, podemos construir un presente consciente y un futuro lleno de esperanza, justicia y paz. Como millennials salvadoreños, herederos de una nación que ha pasado por momentos difíciles y ha salido adelante con fuerza, tenemos la responsabilidad de ser los creadores de un destino diferente. Inspirados por nuestra historia, y motivados por nuestra visión, podemos convertir nuestro legado en una luz de cambio y progreso para las generaciones que vendrán. La verdadera fuerza está en aprender del pasado y usar ese conocimiento para trazar un camino con propósito y solidaridad.
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