OPINIÓNPORTADA

Los años que vivimos en peligro

René Martínez Pineda

Sociólogo y Escritor (UES-ULS)

Como ya no vivo en el tiempo de los matarifes escondidos en la cueva de Alí Babá y los seis expresidentes, no tengo miedo de decir, a quemarropa -a calzón quitado, dice, la Evelina, cuando está a punto de hacer confesiones carnales y vulgares- que El Salvador le está haciendo honor a su nombre y, por fin, está salvando a su pueblo, está salvando a los que apenas sobrevivimos a la barbarie. En la Era de la Gran Delincuencia, la inseguridad era un negocio redondo que, con sobrada gula, revalorizaba al capital, y el miedo gobernaba la subjetividad del pueblo con “mano dura”, en tanto ensayo de la muerte ritualizado en la certeza de la incertidumbre. En ese entonces no tan remoto, los rumores del miedo se objetivaban en la conducta individual y colectiva, y no teníamos a la mano ningún fetiche que hiciera menos penoso ser cobardes: el mundo exterior es un lugar peligroso, niños, cierren la puerta con doble llave; no hable con extraños, niña Luisa, las relaciones sociales son más malas que las sexuales; no salga de noche, don Chamba, hay rumores de un Estado de sitio de las pandillas; mañana no hay clases, mamá, dicen que las maras y un tal Catalino han decretado “toque de queda”; tu mejor amigo es la televisión, la obedecerás ciegamente y no tomarás su santo nombre en vano.

Ese negocio redondo que, cínicamente, pregonaba robos descarados y asesinatos impunes a plena luz del legislativo, llenó las casas de trancas, perros, candados, alarmas de pánico, vigilantes privados y barrotes –a imagen y semejanza de un auténtico gueto nazi- e hizo de la sala de la casa una celda de aislamiento voluntario que, por sobredosis letal, provocaba que le tuviéramos fobia a la realidad real y, siendo así, la capacidad de análisis socio-electoral era tan exigua que nos llevaba a creer que nosotros, el pueblo, éramos los culpables de nuestra desgracia, por lo que, en lugar de rebelarnos contra el régimen delincuencial del bipartidismo, nos culpábamos, y esa culpa propició un estado depresivo que en sociología llamamos: estado de sumisión unánime al miedo. 

Como control político, el miedo que se propagó durante el bipartidismo tenía funciones ideológicas y culturales: desmovilizar al pueblo, pues sin movilización no hay cambio; sumirlo en la apatía ciudadana, ya que sin empatía no hay solidaridad social orgánica; extorsionarlo con su propia incertidumbre, para que su exiguo dinero, ganado honradamente, fuera el dinero maldito del que habló el Masferrer del mínimum vital de la traición; llevarlo hasta el laberinto sin centro del pensamiento mágico-religioso que, adrede, lo desconecta de la realidad con sus noticieros sin noticias y sus reportajes sobre fantasmas, juegos satánicos, capiruchos endemoniados, cumas chillonas y otras hierbas. Desde la óptica sociológica, el miedo anuncia el carácter adscrito de la falta de realización personal, en tanto prejuicios del imaginario que impiden la plena felicidad, en una suerte de paradoja similar a la del personaje de Wells en “La máquina del tiempo”, debido a que la colisión con la verdad era un proceso doloroso que, en esos años, obligaba a negarla o a aceptar el fracaso, impotencia y traición sufridas en el tiempo en el que vivimos en un peligro bipartido.

Y así como la memoria histórica es armada con piezas de olvido y el olvido está inundado de recuerdos, la realidad es construida por el sujeto social como réplica de su forma humana y de sus miedos y sueños colectivos, por lo que el rescate total de la verdad fue vista, en el tiempo de los políticos corruptos y sus asesinos a destajo, como un inútil sacrificio psicológico lleno de dolor físico.

Partiendo de la tesis de que lo que más ha impactado en el desarrollo complejo de la cultura es la conciencia sobre la muerte (lo que llevó al ser humano a crear y a creer en el universal antropológico de la vida eterna) no es extraño que cada hecho social trajera bajo el brazo -en los años en que muchos vivimos en peligro y unos pocos vivieron de ese peligro- su particular miedo a lo que con ella se relacionaba, o que la vaticinaba en un país en el que la impunidad no era vista como un homicidio por ejecutar, y la malversación de fondos públicos -pensemos en ARENA-FMLN- era considerada como la brutal concreción del refrán popular: “hijos míos, ahí los dejo, los vivos que jodan a los pendejos”. Y fue entonces, y a partir de todo eso, que el país se llenó de delincuentes políticos y de políticos delincuentes que lo convirtieron en la “democracia perfecta”.

Como ya no vivo en el tiempo de los matarifes escondidos en la cueva de Alí Babá y los seis expresidentes de silicona, no tengo miedo de decir, a calzoncillo quitado -sin pelos en la lengua, dice, la niña Hermelinda, cuando está a punto de hacer lácteas confesiones orales- que El Salvador le está haciendo honor a su nombre y, hoy sí, está salvando a su pueblo; está salvando a los que apenas sobrevivimos a la gran barbarie y a las pendejadas infames de los políticos más infames; está llenando de luz celeste todos los rincones donde, hace tan sólo unos años, caminaba a sus anchas el gendarme de la oscuridad.

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