OPINIÓNPORTADA

La precarización del profesor universitario (2)

René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

Sociólogo y Escritor (UES)

En cualquier enfoque educativo, el espacio (infraestructura) es una narrativa de la relación académica, en el mismo sentido en que el tiempo es una epistemología de las ausencias y presencias, debido a que ambas dimensiones están mediadas por relaciones de poder. ¿Existe algún mensaje simbólico en la marcada diferencia de condiciones entre el lugar de trabajo de los burócratas y el lugar de trabajo de los profesores? La respuesta es obvia, perentoria y, ante todo, paradójica, pues se trata de la universidad pública: los burócratas crecen en número y sus lugares de trabajo se han visto mejorados significativamente. Esa demostración del poderío de los administrativos, es posible porque los profesores que acceden a cargos de dirección lo permiten y normalizan. Como negación de su propia esencia, la universidad pública crece en oficinas, se reduce en aulas y se precariza al profesor.

Por su lado, el tiempo en la universidad de encierro y extractivista, es el símbolo del fordismo-taylorismo académico, ya que los profesores tienen un tiempo de trabajo necesario (jornada laboral formal) y un tiempo de trabajo excedente (jornada laboral real). Esa parte excedente (la cual era “aceptada” como válida al tener derecho a una flexibilidad horaria), está siendo impunemente expropiada por los burócratas de la universidad pública (con el reloj biométrico como arma del delito), pues al no pagarles el tiempo de más y ser puesta como “lo oculto” de la relación salarial, es un tiempo enajenado sin derecho a nada, es un robo del tiempo ajeno en un espacio que se considera inmune de la explotación capitalista.

Por tal razón, la disputa-negociación del tiempo (la cual no existiría si la universidad pública fuese dirigida por académicos, no por burócratas) es lo que genera más ansiedad entre los profesores, debido a que implica una precarización deliberada de su trabajo y empleo y supone la carencia de reconocimientos simbólicos y materiales, y eso es una falta de respeto y una aplicación de la lógica oprimido-opresor.

Y es que, el actuar de la universidad de encierro, en su versión extractivista del trabajo de los profesores, se expresa en la dimensión tangible e intangible del mismo, lo cual impacta en la educción universitaria -depredándola-, y en la mística de trabajo, ya que, más que potenciar lo académico, desmotiva a quienes lo realizan, dándoles una coartada a quienes trabajan a desgano. A nivel subjetivo, la precarización deliberada de los profesores conduce, inexorablemente, a la pérdida de sentido, reconocimiento material-simbólico y valor sociocultural de su trabajo.

Entonces, las preguntas frente a la precarización del profesor y burocratización de la educación son: ¿cómo se sostiene y normaliza la precariedad en el ámbito universitario? ¿quiénes son los autores materiales e intelectuales de la depredación de la educación en la universidad pública? ¿depredar la educación -burocratizándola- y precarizar al profesor -es el reflejo de una conciencia neoliberal o del desconocimiento de la esencia de la educación y la forma de accionar del trabajo intelectual? La universidad de encierro, la universidad extractivista, la universidad burocrática, la universidad sorda a la reivindicación de lo simbólico e intangible inherente al trabajo académico, se sostiene -con la complicidad de las autoridades- precarizando a los profesores, y el éxito de lo anterior depende de la profundidad de la subjetivación del sometimiento y la normalización del control intrusivo, en tanto alienan el trabajo académico y construyen subjetividades que tienen una cultura política de súbdito, o se auto-chantajean, con lo cual pierden su espíritu crítico y, con él, se pierde la pertinencia de la educación como proceso para transformar la realidad, la teoría y los paradigmas.

Ahora bien, quienes luchamos por evitar la precarización del profesor universitario con un reloj biométrico que convierte en número al profesor, no lo hacemos por oportunismo laboral, ni para ser profesores que trabajen a desgano y sin producción académica medianamente relevante, sino todo lo contrario. Los profesores por vocación, están exigiendo que se controle su trabajo con base en productos académicos (ensayos semestrales, publicación de artículos científicos en revistas -dos al año-, publicación de artículos de opinión al menos una vez al mes, redacción de textos de cátedra, etc. -según las competencias que cada uno tenga- lo cual elevaría sustancialmente el número de publicaciones de la universidad. Es evidente que quienes se oponen a ese tipo de medición cualitativa del trabajo del profesor, son aquellos que no producen nada ni están comprometidos con la institución, razón por la que quieren ser medidos como horas-nalgas, fomentando así el sedentarismo académico.

Otra opción menos lesiva del reconocimiento simbólico -aunque sigue siendo una precarización menos severa- que se les propuso a las autoridades fue que, sin un horario fijo de entrada y salida (siendo siempre puntuales en sus clases) se contabilicen las 40 horas semanales, y que quienes no las cumplieran, tuvieran días opcionales para reponer el tiempo faltante. Sin embargo, esas peticiones no fueron oídas, pues además de ser una universidad de encierro, es una universidad sorda a las peticiones de los profesores, y eso es así para comprobar y reafirmar que la guerra de posiciones, en la universidad pública, la ha ganado el poder administrativo, partiendo de la premisa del torturador: “no sólo se trata de que los profesores mueran a manos de la burocracia, sino que sientan que están muriendo”.

Redacción LPT

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