OPINIÓN

La nostalgia no necesita visa

René Martínez Pineda

Sociólogo y Escritor, UES-ULS

Es de madrugada y es febrero desde hace cuatro años; los suspiros que me esperan a la vuelta de “la esquina de los recuerdos” hacen hasta lo imposible por arder. Y descubro que la distancia está hecha de pequeñas nostalgias; de pérdidas lapidarias; de promesas de retorno que no saben de visa americana ni coyotes. Los kilómetros pesan, y muerden, y matan, no importa si son dos o cinco mil, eso lo sabe el migrante que sueña con regresar emulando el último viaje que hace el elefante seducido por la luz aqua del Faro de Alejandría que apunta a casa.

Entre la distancia y la nostalgia: mi amor inenarrable por ustedes, cuyos nombres no pronuncio para que no desaparezcan; ustedes, que son la prueba de que la vida tiene ilusiones si las vivimos juntos bajo la lamida de un candil que se hizo inagotable desde que capturaron a los ladrones. Atrás de los pasos se queda llorando en un rincón el recuerdo de cuando los arrullaba, pero mis párpados sucumben por el cansancio del ajetreo cotidiano que no tiene código de ética.

Esos recuerdos cacofónicos no me van a dejar en paz para enseñarme que en esta vida mandan los sentimientos, no las cosas. Más allá del aleteo del pañuelo blanco, la tristeza telúrica de dejarlos atrás de mi ruido, de mi sombra, de mis besos, se afila los colmillos para morderme en la noche.

Al caminar por el pasillo refrigerado de los lugares extraños, el miedo se enfurece, relincha, ladra, porque no hay nada más temible que recordar a solas el sabor dulcito de la piel de los seres que me atan a este mundo lleno de números que no puedo contar en el bolsillo… y descubro que “lejos” y “cerca” no es un enigma geográfico, es la decisión drástica de soportar con esperanza la falta de esperanzas; es la decisión de regresar antes partir… y me veo dándoles las buenas noches y sacando cuentos maravillosos del mismo libro viejo para encaminarlos a un país maravilloso mientras les espanto el frío que reina en la calle; y veo mis manos de utopista austero, de tierra sin profeta, cosechando sueños en sus sueños.

Para la nostalgia, millones de pasos son un paso eterno, son entrar a otro mundo sin gente, ni relojes, ni abrazos, y no queda más remedio que trepar las ramas de la melancolía que me lleva hasta sus caritas que huelen a vainilla. Desde lejos, lo que resalta son los milagros que se burlan de la miseria: la sonrisa del niño de la calle, a pesar del frío; el plato de comida del pobre, a pesar de la hipoteca; la mazorca galana de la milpa, a pesar de los pesticidas.

¡Ah, la nostalgia que no se duerme, aunque le dé la espalda en la cama! Desde ella, el amor por los compatriotas es un problema arterial; el amor por la familia es cuestión de vida o muerte; el amor por el país es surfear de la mano de quienes tanto amamos desde que los amamos, no importa si estamos lejos, porque la distancia se acaba, se agota, debido a que somos una botella a la deriva que la remonta para darle paso al amor que brota en las lágrimas… y el recuerdo se muerde a sí mismo para saberse vivo, para saberse cerca.

Cómo duele soportar desde lejos la capucha que me pone la nostalgia, pero… las razones para derrotarla son más grandes ahora que no hay delincuentes en las calles; tan grandes como un beso de buenas noches, aunque yo esté lejos contando recuerdos para poder conciliar el sueño… y soñar que me sueñan tanto como yo a ustedes.

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Redacción LPT

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