OPINIÓNPORTADA

La metafísica de los maullidos (2)

René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

Sociólogo y Escritor (UES-ULS)

No sé si es una condena, una absolución, o un purgatorio, no lo sé, y es trivial saberlo. El viaje de regreso a casa no es una decisión mía, sino una orden que me dan mis seres queridos para que les dé la oportunidad de curarme, con el ungüento de altea sus caricias, las heridas del alma, sólo las del alma, porque las del cuerpo se curan solas o con la lengua de la lealtad de Argos. Y entonces me duele el corazón, como si, de nuevo, me lo estuvieran estrujando los monstruos de los que quiero liberarme para merecer regresar a casa, y dejar de ver a la ciudad como una réplica exacta de Escila, ese monstruo marino que sale a asustar y devorar a los hombres que deshojan flores en las esquinas desoladas de los dilemas metafísicos.

Los monstruos están en todos lados, no sólo en los campos de batalla de lo cotidiano, y eso hace aún más difícil el regreso, casi imposible, porque el camino está plagado de emboscadas que me tapan los ojos para que no pueda distinguir entre “este lado” y “el otro lado”. La Lathe no les tiene miedo, les maúlla balas de plata y salen huyendo, con la cola entre las patas, hacia el inframundo del que salieron.

Tanto en la ida como en el regreso, se aprenden cosas malas y cosas buenas de la gente que conocemos. Algunas de ellas van tirando en el camino -imitando a Pulgarcito- pequeños consejos y grandes moralejas sobre cómo deshacernos de los monstruos que se nos pegan. Las personas buenas saben quién es Ultraman, y nunca lo confunden con el Pingüino, ni se dejan aturdir por su risa de hiena que se cree león. Yo sabré que estoy llegando a casa cuando reconozca los ojos de algodón de azúcar y la carita almendrada de las muchachas lindas que me turbaron, cuando joven, y empaparon su olor a sándalo en cada uno de mis poros. No te olvides de las bailarinas del circo de “Chocolate”, me dijo, un desconocido que me resultó familiar, pero no logré hacer coincidir su cara con un nombre, y esa es una ironía tan grande como la del faro que genera luz negra, y tan sucia como la de los charlatanes escatológicos que, escudados en gráficos irrelevantes y en los libros de Masferrer, promueven el dinero maldito del crimen para que no pueda expiar lo que vi e hice del otro lado, ni pueda regresar para comerme los pecados de mis hijos.

Regresar a casa, sacudiéndome los monstruos que me calaron, es el poema épico más leído y el menos comprendido. A cada paso, la casa que me espera me mira con el mismo cariño con que se contempla a un recién nacido, y se pone hermosa, y se perfuma, y se pinta los labios, y tararea “there will be time”, para recibirme con los brazos abiertos, invitándome a dormir en su seno, como lo hacía cuando niño, y a tomarme un café mientras oigo la canción que me marcó de por vida, en el viejo tocadiscos de la abuela. En esos momentos, la casa es más casa que nunca, y es el lugar predilecto para jugar como si el tiempo no existiera.

Flor, se asoma a la ventana y tiembla cuando no ve mi triste y encorvada figura llegando a tiempo para cenar. El tiempo es más lento para ella, y la gatita la consuela rozando el cuerpo en sus piernas y le dice que tenga paciencia. El tiempo es algo confuso, para mí, y parece que camina al revés. Así funcionan las agujas del reloj cuando regresamos a casa luego de salir del purgatorio del otro lado. Hay noches en que parece que nunca llegaré, porque la tormenta de monstruos es copiosa y el suelo resbaladizo. Al pasar por el cementerio, cierro los ojos para no leer las lápidas, no vaya a ser que una de ellas tenga mi nombre.

¡Qué largo es el camino de regreso a casa! ¡Qué difícil es distinguir entre “este lado” y “el otro lado”! La única táctica y estrategia válida para regresar es soñar con las personas entrañables, porque son ellas las que, tomándome de la mano, me van a mostrar el camino. Mi gatita me espera en la puerta y maúlla la canción “like a stone”. Quiero volver a dormir como lo hacía, cuando niño, arrullado por la metafísica de sus maullidos. ¡Qué largo y oscuro es el camino de regreso a casa cuando Polaris juega al escondelero!

LPT Redacción

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