OPINIÓNPORTADA

Ignotus

René Martínez Pineda

Sociólogo y Escritor, UES-ULS

Casas respirando recuerdos que, como farolitos, incendian la memoria de los buenos momentos en los tiempos malos que nos hicieron tomar decisiones desconocidas; iglesias pregonando la salvación, aquí en la tierra, con la hostia de la paz efímera en la misa de la Ciguanaba; calles empedradas que lloran para convocar la nostalgia desconocida de las tardes de juegos sudorosos y amores platónicos; predios baldíos que, celosos, guardan el eco de las horas junto a los amigos del alma que durarían toda la vida; ríos místicos en los que perdimos la inocencia con las mujeres desconocidas que, entre chambres de cemita mieluda, llegaban a lavar su ropita en las pozas que, cual espejo de una identidad desconocida, reflejaban los luceros antes de comérselos; la pupusería de la niña Lilian, paisaje gastronómico que, con el vaho del chocolate de tablilla, contaba historias desconocidas; personajes estrafalarios dándole la razón a las leyendas sobre hazañas espeluznantes; un tren pitando añoranzas desconocidas para hacer saltar el corazón con los sueños de viajar a lugares que, por remotos, eran otro mundo. Casas, calles, trenes taciturnos, son los recuerdos que nos recuerdan que la identidad cultural es una territorialidad construida con relaciones cotidianas que le dan sentido al concepto de “nosotros, los eternos indocumentados”, y por ello no importa si el territorito es municipio o distrito, porque la identidad no es un burocrático tamal pisque.

En las horas de la presencia ausente, la identidad revela que su ombligo no está enterrado en un título político-administrativo, sino en las personas sin distancias. En las calles que siempre nos esperan, está la huella digital de lo que fuimos; en la cancha polvosa en la que fuimos los mejores futbolistas del mundo, persiste el griterío de las ilusiones desconocidas; en la iglesia en la que hicimos la primera comunión, sólo para saber qué sabor tiene la hostia, pulula el incienso de nuestros pecados inmortales; en el aula en la que aprendimos a leer, sigue patente la matemática del primer beso y la geometría de los suspiros que nos arrancaba la profesora de cuarto grado, aunque esa escuela ya no esté dónde la dejamos o haya cambiado de nombre.

Aunque parezca hechicería, el universo cabe en un totoposte comprado desde la ventana del bus interdepartamental que nos lleva a la familia; los amigos son cada grano del arroz teñido que, con drástica gula, comimos en el parque Cañas; las pupusas de comal de barro son nuestra luna nutritiva porque se parecen a ella cuando está llena; el hambre susurra conspiraciones en la yuca con chicharrón arqueológico; la sopa de frijoles es nuestro océano tenebroso que nos transporta al nuevo continente de los tres tiempos de comida; la sopa de chipilín con hueso de tunco es el camino que lleva al comedor de la bisabuela.

Para nosotros, la identidad es el recuerdo desconocido del invierno que nos invitaba a jugar en los ríos que brotaban en la vereda empinada del cantón, y en los que echamos a navegar el barquito de papel que de contrabando transportaba nuestro sueño de otro país con loroco. En la casa que dejamos atrás cuando la vida nos llamó a emprender la aventura del descubrimiento, dejamos olvidados los juguetes para tener una razón para regresar, y aunque ya no esté ahí, de techo presente, en ese lugar siguen brotando los recuerdos de la infancia, recuerdos que, como piedra, nos esperan con los brazos abiertos para cuando tengamos tiempo de ir a visitarlos y hablar carburo todo el día; recuerdos que nos recibirán con una sonrisa que nos dirá: “sigo siendo tú, cuando niño”.

Casas, nostalgia desconocida disfrazada de recuerdos que aun estando lejos siguen en un rincón del alma, que es la metáfora de la identidad que nos forjó el entrañable pueblo a fuerza de relaciones cotidianas con los familiares, vecinos y amigos, que son la desconocida niebla del tiempo medido en el imaginario, no en el calendario; que son la parte más íntima de nuestro cuerpo inmune al silencio del olvido duro blandito. Calles, familia, amigos y creencias son nuestra identidad, y ella está presente en los cuerpos-sentimientos como parte de la tierra que nos vio crecer, tierra a la que seguimos amando a muerte, aunque ya no esté ahí o se haya cambiado el nombre para jugar escondelero con nosotros.

La identidad es el telar desconocido donde tejimos nuestras relaciones de armonía y conflicto, y aunque el lugar cambie su título seguirá existiendo ahí, justo ahí, en un imaginario que es más misterioso que la fritada. El Salvador podría cambiar de nombre y yo seguiría siendo salvadoreño, pues ese sentimiento es cultura profunda. Si la Avenida Juan Bertis cambia de nombre, seguirá estando ahí, esperándome, debido a que la identidad no es burocracia, es presencia en la ausencia, ya que cuando emigramos de un lugar, el lugar se va con nosotros. Los elementos vitales de nuestra identidad son las personas dulcitas como panela, en tanto son la estructura cultural y territorial de lo que somos; las personas que están tan empotradas en nosotros que siempre daremos por sentada su desconocida existencia, así como damos por sentada la existencia del terruño natal.

La identidad, nostalgia desconocida que conocemos, no radica en cómo se llama el lugar, sino en cómo se llamó; no radica en el título burocrático que tiene, sino en el título de persona que nos otorgó cuando cuidó de nosotros y fue el confidente de nuestros secretos. Y aunque los salvadoreños son los que nunca sabe nadie de son, aunque somos de origen desconocido porque somos el secreto mejor guardado del mundo, juro a los pies de El Salvador del Mundo bebiendo shuco, que sí sabemos de dónde somos y dónde tenemos la identidad: en la tierra sin título y en el gentío con el que entablamos relaciones cotidianas; las personas que forman parte de nuestro cuerpo porque son la llama del imaginario en el que yo soy la aparición, yo el ignotus conocido.

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