OPINIÓN

García Márquez desde nuestros doscientos años de soledad

René Martínez Pineda

Sociólogo y Escritor, UES-ULS

Sobre todo, en marzo, hablar de García Márquez es hablar de lo mágico y real en Macondo y de cien años de soledad, cien años que, en nuestro caso, fueron doscientos y fueron una hojarasca de traiciones y expropiaciones de los políticos con ojos de perro azul.

Y es que, al analizar su obra, recurrimos, al reflejo, a su discurso de aceptación del Premio Nobel titulado “La soledad de América Latina”, discurso genial en el que demanda la atención y el respeto debido a nuestra historia continental, una historia de sumisión ejecutada por las más degradantes dictaduras militares y económicas: “América Latina, región en la que la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento”, dijo, en tono enérgico, y aún más enérgico exigió el nacimiento de una nueva y fulminante utopía social donde nadie pueda decidir arbitrariamente quién vive y quién muere -tal como hicieron los patéticos gobiernos delincuenciales en El Salvador- porque el amor será cierto bajo la forma de Faro de Alejandría, y porque nadie podrá condenar al pueblo a cien o a doscientos años de soledad.

Para García Márquez, todo lo humano le era propio y entrañable, y esa fue la forma en la que él pensó deberían comportarse los gobiernos. Esos cien años son los doscientos años que nosotros sufrimos hasta que los superamos con una rebelión electoral que borró la mala hora del país y aniquiló la soledad individual y colectiva impuesta por el ejercicio despótico del poder de parte de quienes juraban defender al pueblo.

Esa soledad que nos impusieron fue por la soledad en el amor a la familia a pesar del miedo; por la soledad en la espera de un país mejor que nos tenía como el coronel que no tenía quien le escribiera; por la soledad de las esperanzas que terminaron frustradas a causa de los gobiernos en los tiempos de la cólera; por la soledad parida por la mala hora del bipartidismo de facto.

Al respecto, García Márquez dijo que: “el punto que más me interesaba al escribir el libro (Cien años de soledad) es la idea de que la soledad es lo contrario de la solidaridad y que yo creo que es la esencia del libro. La soledad considerada como la negación de la solidaridad es un concepto político pululando sobre la nostalgia de Aureliano Buendía; sobre las mejillas de Úrsula en su decrepitud; sobre las ansias de Amaranta y su amor malogrado; o sobre los roídos veteranos esperando en vano una carta con las retribuciones prometidas”, así como pululó en el imaginario del pueblo hasta que, con sus fuerzas acumuladas en silencio, y a solas, convirtió la soledad en ilusión y las pesadillas en sueños que van más allá de las coordenadas históricas.

Soledad -condición tan lapidaria como necia- fue la palabra clave de los personajes de García Márquez -fue la palabra y sentimiento patentados por ellos- y soledad fue la palabra clave de nuestra cultura política hasta que febrero fue el mes preferido y más vocinglero del Macondo salvadoreño -el mes de la muerte anunciada de los partidos corruptos- que se libró de los abusos haciendo añicos el espejo de la memoria que estaba llena de olvidos. Por supuesto que no se puede condensar, en pocas palabras, la obra del escritor entrañable que reinventó las palabras para reinventar al continente y a nosotros, sus lectores más devotos que fuimos fascinados con sus relatos que hicieron de lo fantástico algo cotidiano.

Redacción LPT

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