
René Martínez Pineda
Sociólogo y Escritor, UES-ULS
Anoche fue como cualquier noche, una noche común y corriente, regresar tan cansado de los discursos cínicos de los políticos decrépitos y circenses que han perdido la risa, que han perdido el color; tan cansado del vino barato trasegado en botellas caras para agrandar la factura pagada con fondos públicos… tan cansado de la cara del psiquiatra loco, ¡¡aaahh!! esa cara de conejo demacrado viendo pasar los carros; esa cara de retrato de Dalí con trazos de Picasso en plena eyaculación precoz. Sin decir nada, me fui directo a la cama con la boca con sabor a chocolate con chispas de sándalo y a gatita lamida y cenicienta y somnolienta exigiendo su hora de libertad en el jardín, ese fue el trato hecho y nunca desecho que hice con ella cuando la llevé a casa.
En esas condiciones, soy capaz de dormirme con la luz encendida y con los gritos hipócritas de los religiosos del diezmo carnal rebotando en las paredes, y hasta me duermo entre las incoherencias de las historias que se visten y desvisten todos los días como si fueran una novedad nacionalista. La felicidad no es exigente a estas horas sin dios; yo apago las luces y enciendo la mano derecha para recordar imágenes que son efímeras y volcánicas; desnudo mis ilusiones de lo diurno para comprobar que regresaron ilesas de la calle que fue privatizada por los ladrones; quiero dormirme y soy una pandereta vocinglera, un retumbo de mar indigesto, una cadena arrastrada por el alma en pena del corrupto consuetudinario y ordinario al que le han profetizado que será presidente de la república si paga a tiempo las siete sesiones y media en las que le hicieron la prueba del puro y, en medio de gritos inconfesables, le pasaron un huevo por la frente.
En lugar de contar ovejas repito, una y otra vez, que puedo escribir los versos más tristes esta noche. En ese conteo llego a las dos de la madrugada y me pongo a leer El Estado y la Revolución, del Lenin sin gerundios; la revolución social se reinventa en un insomnio que me hace recordar el olor de la homilía suicida de Monseñor Romero; y Caín exige respetar los derechos humanos de los homicidas con amigos pudientes.
Para disimular el tedio pienso que estoy escalando el barranco del barrio que fue asediado por los feos, y es más alto que el Everest. No puedo comprobar que es más alto, no tengo una regla a la mano, sólo sé que así es, porque ese barranco es el que nos ha impedido conocer las cosas buenas de la vida. La humedad de la sangre de los míos me entraba por los zapatos cuando la fulana aquella hablaba de revolución social mientras compraba el billete premiado de la corrupción nacional de beneficencia. Y entonces, dándome vuelta en la cama, le digo a mi esposa que el insomnio no es provocado por el café de la tarde, sino que se debe a esa humedad, pero le digo que estoy bien; que es la humedad de las lágrimas del que fue asaltado por el maleante que conoce desde que era un niño; humedad palpitante entre esa sangre que no sentía entrándome por los zapatos porque hasta los zapatos me habían robado.
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