
René Martínez Pineda
Sociólogo, UES-ULS
Aquello era hechicería. Palabra que sí. El 3 de mayo, Día de la Cruz, los techos amanecían hirviendo de zompopos alados, y los campos lucían encendidos de flores y las frutas despertaban carialegres en espera de la boca del creyente. Ese día caía, con feroz puntualidad, la primera tormenta que golpeaba el silencio de la tradición y se desparramaban del cielo, que se vestía de añil profundo, los zompopos de mayo, llenando las tejas de las casas congeladas por el invierno. Yo contemplaba desde el pupitre la lluvia de zompopos alados, deseando que se terminaran las clases para salir corriendo a la casa a adorar la cruz y tomar, con ritual respeto, una de sus frutas que sabían de mi boca.
El 3 de mayo era el día dedicado a las leyendas olvidadas, misteriosas, las que íbamos remendando mientras hilvanábamos las coloridas cadenas de papel con que engalanábamos la cruz, a cuyos pies descalzos depositábamos las frutas más deliciosas y aromáticas que eran nuestras con sólo hincarnos en señal de gratitud. En mayo, en la casa flotaba un aroma de inquieta ausencia que convocaba a los fantasmas de nuestros ancestros. Fue la abuela la que me enseñó a hundir las manos en la tierra para tomar los frutos encantados, esos frutos que hoy, por culpa del progreso, yacen debajo del asfalto a la espera de los rezos. En el Día de la Cruz -enredado entre coyoles en miel, jocotes de corona, arco iris severos, huizcoyoles, semillas de paterna y mangos verdes- las lágrimas mutaban en risas diamantinas; las tristezas de la distancia, en amores nuevos; y la familia, en una comunión a la tierra.
El Día de la Cruz, el campo amanecía meditando su vientre; mis manos despertaban locas de zompopos de mayo; el viento azul susurraba mi nombre; las campanas repicaban de verde alegría, y mi lugar secreto se vestía de luciérnagas para esperar el ocaso radiante que dejaría olvidados los ajalines que la primera lluvia sacaba de sus cuevas. Las gotas de lluvia pasaban bajo los ojos del tejado, coronando de arreboles el horizonte que negreaba de zompopos. Después de adorar la cruz, salía corriendo a ver cómo las flores cortadas por la lluvia flotaban en los ríos que se hacían en el patio; las miraba como si fuera el alma mía la que se perdía en esos remolinos que anunciaban, sin saberlo, la lucha clandestina que me esperaba en los cerros de Santiago Nonualco sin la condena de las traiciones.
El Día de la Cruz, la lluvia se deslizaba sobre los recuerdos guardados en el baúl de los muertos; aplacaba la ceniza olvidada por las semillas de marañón; sus dedos transparentes retozaban en las piedras de los altares que dormían a la orilla del río, escondidos tras el manto de incienso que dejó la tradición que no se cansaba de quemar sus aromas de ocote en los montes escondidos; el cielo titilaba de ascuas en su crepúsculo azabache mientras mayo sonreía en los bosques cobrizos donde la luna derramaba sus sueños de grandeza, esa grandeza que tenía como único recuerdo a los zompopos de mayo que fueron, decía mi bisabuela, príncipes emplumados que lucharon contra la invasión ultramarina. El sol, los zompopos en el tejado ardiente, el aire azul, el agua, los celajes en los cabellos de la niña amada, los pájaros anunciando con su trino las leguas del invierno. En el Día de la Cruz, la mirada era más larga que el camino, porque nos obligaba a mirar hacia atrás, hasta la luz del hogar humilde del cual hoy somos su razón de ser. Mayo besando los tamarindos, los amates, los eucaliptos, las flores, los recuerdos… sí, los recuerdos futuros de nosotros transformando el país. Mayo lamiendo las piedras en las que, de niños, jugábamos a conquistar el mundo con abrazos y caricias mientras nos embarrábamos la cara con los mangos maduros que tanto nos gustaban y que nos juraban que había un El Salvador enterrado vivo.
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