
Emma Beatriz Ríos de Herrera. Trabajadora Social -UES-
La reciente noticia sobre un joven que intentó lanzarse desde el Monumento, Bienvenido a Casa, generó una ola de reacciones en redes sociales. Entre ellas, abundaron mensajes bien intencionados: “todo se solucionará”, “no te preocupes”, “todo va a estar bien”. Son frases que, desde la empatía superficial, buscan consolar. Sin embargo, vale la pena preguntarnos: ¿realmente acompañan o invisibilizan la profundidad del sufrimiento? ¿realmente son un acto comprensivo o son producto del desconocimiento de que, en determinados momentos, hace tanta soledad que hasta la respiración se suicida como acto de protesta?
Desde el Trabajo Social, especialmente en contextos de vulnerabilidad, sabemos que la realidad de muchas personas no se transforma con palabras de ánimo generalizadas, porque éstas no calan hasta la caverna de la melancolía. Para quien atraviesa una crisis, el problema no es un momento pasajero, sino una acumulación de factores estructurales y emocionales que, por el hecho de que el alma ha huido con rumbo desconocido, pesan diariamente: pobreza, violencia intrafamiliar, relaciones conflictivas, deudas, desempleo, exclusión social, entre otros. En esa línea, el suicidio es de carácter anómico, porque es la sociedad la que hace las veces de victimario impune.
Decirle a alguien “todo estará bien”, puede resultar desconectado de su experiencia concreta, porque la frase, por sí sola, no es capaz de ahuyentar los demonios que hacen del corazón, un laberinto sin centro. Porque, al final del día, esa persona es quien debe regresar a un entorno que no cambia, ni se hace más ligero, con un comentario en redes sociales. Es quien enfrenta la soledad, el miedo, la frustración, el desengaño y, muchas veces, la sensación de no tener salida que, poco a poco, se transforma en un naufragio de silencios. En esecontexto, el “todo” que prometemos, desde afuera, puede sentirse vacío, incluso lejano e impersonal, porque la vida se ha convertido, a fuerza de golpes inesperados, en un péndulo que tiene por extremos: la angustia y la impotencia, por lo que lanzarse al vacío es la única táctica y estrategia para saberse lleno y completo.
No se trata de descalificar la intención de quienes comentan, claro está, sino de problematizar la forma en que socialmente entendemos el acompañamiento emocional. Hemos normalizado respuestas rápidas, frases hechas, que tranquilizan más a quien las dice, que a quien las recibe. Pero el dolor humano, especialmente cuando está vinculado a condiciones estructurales de desigualdad social, no se resuelve con optimismo simplificado, sino con compartir el desaliento de tal forma que, uno y otro, sientan que son parte de una esperanza colectiva que traspasa las fronteras de los cuerpos, para que la angustia se distribuya y nos haga comprender que el dolor y la angustia son, al final, la brújula que llevamos dentro para encontrar nuestros caminos sin tomar atajos.
El reto es construir una cultura de escucha real, de compromiso genuino, de solidaridad orgánica sin reflexiones mecánicas. Esto implica reconocer que no siempre hay soluciones inmediatas, que algunas situaciones requieren procesos largos, intervención profesional y, sobre todo, redes de apoyo sólidas. Acompañar no es minimizar el problema, sino validarlo: decir “entiendo que estás pasando por algo difícil”, “no estás solo/a”, “busquemos ayuda juntos/as”.
Como sociedad, también debemos asumir una responsabilidad colectiva, ya que esta construcción sociocultural que llamamos “país”, está hecha con los ladrillos que cada uno de nosotros ponemos juntos, uno a la vez. Estos casos no son hechos aislados ni exclusivamente individuales, pues nuestra vida está impregnada de la vida de los otros y de sociedad; son expresiones de problemáticas sociales más amplias y complejas. La salud mental, las condiciones de vida digna, la violencia y la exclusión, no pueden seguir tratándose como asuntos privados.
El llamado es a pasar de la reacción a la reflexión. De la frase automática al compromiso consciente, del acompañamiento protocolario al apoyo sostenido. Porque acompañar verdaderamente implica incomodarse, escuchar, sentir y reconocer que, para muchas personas, las cosas no se solucionan fácilmente… y precisamente por eso, necesitan algo más que palabras: necesitan presencia, comprensión y acción.
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