Progreso para todos ¿Quién habita el nuevo El Salvador?

Gerardo Rafael Vásquez Moreno
Egresado licenciatura en Sociología -UES-
El Salvador, ha experimentado una transformación en los últimos años, propiciando una proyección muy positiva internacionalmente, dejando atrás los prejuicios asociados a la violencia que vivía su población y la migración forzada, especialmente, de las familias salvadoreñas. En ese sentido, el país ha pasado a ser promovido como un destino emergente para el turismo, además de la inversión extranjera. Esta nueva imagen ha traído consigo múltiples beneficios: aumento del turismo, mejora de la infraestructura y recuperación de espacios públicos que antes eran poco accesibles para el disfrute de la población porque eran controlados por las pandillas.
Lugares donde antes era peligroso, como el Centro Histórico de San Salvador, han tenido un cambio importante que es evidente en la apertura de nuevos restaurantes, hoteles, espacios culturales y, con ello, las zonas recreativas han cobrado vida y atraen, tanto a visitantes nacionales como extranjeros, siendo la seguridad su principal logro, lo cual ha permitido que muchos empiecen a ver al país con nuevos ojos de mejora.
Sin embargo, este desarrollo también ha abierto un nuevo hito para la realidad que tenemos que analizar con calma: en este caso, es el riesgo de la gentrificación, es decir, cuando ciertos espacios se transforman a tal grado que los costos de vida suben, por lo que la población local, especialmente la de bajos ingresos, enfrenta dificultades para permanecer o participar plenamente en los beneficios del entorno que han habitado toda su vida, personas que en esos lugares compraban más barato comida.
No se trata de criticar el progreso, el cual ha sido un progreso propiciado por el liderazgo del presidente, Nayib Bukele, y la fuerte inversión pública que hizo para combatir la delincuencia, sino de encontrar formas más justas y equilibradas de gestionarlo, sabiendo que esto es común en todos los países emergentes en los que, paralelamente, va surgiendo la gentrificación y, por lo tanto, ese no es un fenómeno exclusivo de El Salvador, sucede a un nivel global. Hay que señalar que, en nuestro caso, debido a la rapidez y contundencia de los cambios en el contexto de las condiciones sociales previas, es importante que las políticas públicas incluyan mecanismos de protección para que la población local no quede excluida y en un futuro se convierta en un problema que afecte esencialmente a las familias salvadoreñas y genere inestabilidad política.
Un claro ejemplo de esta situación ocurre en las zonas turísticas, donde los precios de alquiler aumentan significativamente, esto puede afectar a las familias que han vivido allí por generaciones. Por otro lado, también puede representar nuevas oportunidades para vender más, especialmente a los extranjeros, sin embargo, la población local muchas veces no puede darse el lujo de adquirir ciertos productos o servicios, ya que sus ingresos no son suficientes. Y es que, no es ni será lo mismo comprar un café a $ 0.35 centavos de dólar estadounidense, a uno que valga $ 1.75 o mucho más. Lo mismo sucede con el comercio local, donde pequeños emprendedores pueden sentirse desplazados por cadenas más grandes, o por inversiones dirigidas a un público con mayor poder adquisitivo, en este caso, principalmente extranjeros.
Ante esta realidad, el reto no es frenar el turismo, sino hacerlo más inclusivo, y eso es algo que como ciudadanía podemos construir juntos con el gobierno, para ver nuevas oportunidades con las empresas, con acciones como las siguientes:
- Incentivando que los emprendimientos turísticos incluyan a personas de la comunidad local como socios, empleados o proveedores generando y diversificando las fuentes de empleo.
- Apostando en la formación donde la población salvadoreños puedan participar activamente en el crecimiento del sector turismo, fomentando en dichos lugares una cultura políglota.
La verdadera belleza de un país que busca avanzar, en sintonía con el contexto internacional, se funda en la promoción de sus playas, volcanes y patrimonio arquitectónico, siempre y cuando se conciba como turismo cultural. La mayor riqueza está, sobre todo, en su gente: en sus costumbres, en su esfuerzo diario y en su identidad, viendo nuevas oportunidades para poder aprovecharlas al máximo. En un momento, cuando el país proyecta una nueva imagen al mundo, también es la oportunidad perfecta para preguntarnos: ¿cómo aseguramos que el progreso sea compartido, sin pisotear a nuestros vecinos, amigos o familias? ¿cómo evitamos que los lugares mejorados por iniciativa del gobierno se vuelvan inaccesibles para los propios salvadoreños? Son preguntas necesarias en materia de políticas públicas, no para frenar el avance, sino para asegurarnos de que todos puedan ser parte de él.
El Salvador tiene mucho potencial. Lo importante es que ese potencial no sea sólo un atractivo para visitantes, sino también un motivo de orgullo y bienestar para quienes lo llaman hogar y lo saben y sienten propio. Sólo así será posible crecer sin dejar atrás a quienes han dado vida a estos territorios por generaciones, que son las mismas personas que fueron obligadas por los gobiernos anteriores a vivir en medio de la violencia y la muerte.







