OPINIÓNPOLÍTICAPORTADA

La muerte no da segundas oportunidades

René Martínez Pineda

Sociólogo y Escritor, UES-ULS

Haciendo cuentas cabales, el costo de acabar con la delincuencia no es la suspensión de algunos derechos durante el régimen de excepción -como afirma la oposición política más perversa-, pues eso sería ver la historia desde la lógica de los victimarios. El costo de acabar con la delincuencia tiene un número: más de cien mil asesinados a quienes no se les puede dar la segunda oportunidad de vivir; todos ellos provenientes de los sectores populares; más de cien mil muertos que, más que muertos, son los espectros dejados por la corrupción e impunidad de los gobiernos anteriores; espectros que debemos buscar en el nuevo imaginario del pueblo, no en los cementerios legales o clandestinos.

Esos espectros que nos dejó el medioevo de treinta años, están en todos lados y en ninguno; están enterrados y desenterrados porque son antorchas de la justicia que merecemos; nos andan buscando en el vecindario de la no repetición; están buscándose a sí mismos en los edificios históricos develados y en las alcaldías y curules con funcionarios honestos; están buscándose a sí mismos porque nosotros estamos encontrando a sus victimarios en la puerta de una cárcel certera como purgatorio inexpugnable del crimen y el castigo social; buscándose, buscándonos; encontrándolos, encontrándonos. Están ahí desde el primer muerto que no tuvo una segunda oportunidad; no están ahí desde el primer impune por el que los impíos exigen una segunda oportunidad para que la impunidad siga siendo la sepulturera del país; no saben si están o no están cuando el silencio impera en los pasillos de nuestras dudas.

Ya cuando nos habían domesticado para que viviéramos con la delincuencia como si fuera el paraíso prometido, esos espectros se asomaban a la plaza pública para ver bailar al pueblo al son de los de siempre; o pasaban tocando el timbre de las casas y, como nosotros cuando niños, salían corriendo rumbo a los victimarios esperando que los siguiéramos para darles una segunda oportunidad de seguir vivos, lo cual es imposible; o se subían al campanario de la iglesia abandonada a repicar la homilía de Monseñor Romero ordenando el cese de las muertes… pero los corruptos llenaron de olvido la memoria del pueblo e hicieron de sus muertes privadas una eterna convalecencia pública de los que quedaron vivos, dejando en la impunidad a los que se robaron la comunidad, la casa, la noche, el salario.

A esos espectros que nos señalan, nadie les dio explicaciones sobre su martirio; nadie les dijo si eran parte de este mundo o del otro; nadie les explica por qué, después de asesinados, los vuelven a asesinar al convertirlos en pancartas infames que exigen la liberación de sus victimarios; nadie les dijo a la sombra de cuál ciprés están sus tumbas desde que empezaron a ser los desaparecidos de la democracia, los espectros de un Estado delincuencial que duró seis ceremonias de toma de posesión de presidentes ensangrentados, de presidentes sin rostro de pueblo que se asomaban a exigir aplausos de humo por la ventana de la ausencia de decenas de miles de nuestros semejantes más semejantes; presidentes sin códigos de ética del alma que, como herencia macabra, nos dejaron un mar de muertos y un universo de corrupción.

Cuando empezaron a ser los espectros de la democracia, la democracia fue un espectro; cuando la muerte que nunca da segundas oportunidades no les permitió decir sus últimas palabras, la democracia se quedó sin palabras. Pero esos espectros siempre estuvieron en un sitio que queríamos ignorar; siempre estuvieron en una tumba que no queríamos enflorar; siempre estuvieron allá, en el purgatorio del alma, sin brújula ni mapa, vagando y preguntando dónde putas estábamos nosotros cuando los matarifes y sinvergüenzas cambiaron amor por odio e hicieron de la democracia una conspiración de sangre… y entonces descubro que yo soy el desaparecido, yo el espectro, porque no hice nada para espantar los zopes.

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LPT Redacción

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