
René Martínez Pineda
Sociólogo y Escritor, UES-ULS
La mujer que más me ha querido, en este mundo y el otro, nunca me dijo te quiero, ni me hizo mimos con palabras cortitas, ni me acarició como suelen hacerlo las mujeres comunes, pero su amor era tan fuerte que permaneció en vigilia sobre mí cuerpo en los días en que estuve en peligro por el asedio de los escuadrones de la muerte, y se mantuvo vivo por sí solo desde el día en que murió. Hablaba con metáforas mundanas y usaba códigos celestes para descifrar los símbolos de la vida… nunca derramó una lágrima si no era necesario, ni sintió miedo de nada ni de nadie y, por las noches, lloraba con el corazón en fuga cada vez que me veía triste por una novia ausente. Su amor por mí era tan grande que en el cabían mis sueños y el país que quería construir.
A las cinco de la mañana en punto, cuando la mano oscura de la luna terminaba de ondear su pañuelo blanco en el borde de los tejados que eran coronados por la iglesia abandonada, metía sus sueños bajo la almohada, saltaba de la cama de pitas centenarias y salía al corredor del mesón a respirar el aire fresco que siempre le prometía un día lleno de alegrías que ignoraran la escasez de frijoles y tortillas… y entonces, tronándose los dedos, hacía magia en el mercado para que no conociera el sabor del hambre. Lidia Valle era su nombre y apenas estudió hasta tercer grado, pero con eso le bastó y sobró para fomentar en mí las ansias por la poesía de denuncia mal hablada, los cuentos picarescos de hadas mundanas y las novelas de héroes descalzos y fornicarios. En diciembre, cuando el frío de la noche mordía sin piedad hasta el punto en que salía humo blanco de la boca, se metía en mi cama y me abrazaba hasta que dejaba de tiritar, y ese abrazo era el equivalente general de un amor indecible que no necesitó palabras. Era de carácter fuerte y estoico. Cuando la nostalgia se prendía de su cuello, se consolaba diciendo que su misión vitalicia era comerse mis pecados, sin remordimientos ni prédicas cristianas, y con la determinación natural de quien, para defender la justicia social, aprendió a actuar hasta las últimas consecuencias cuando era una obligación hacerlo.
Yo era el complemento oportuno de mi abuela Lidia en su lucha por dar de comer a los vecinos que fueron azotados por la dictadura del Coronel Molina que jugó con las mismas cartas de la del General Sánchez Hernández; repartí su plato de comida con cientos de personas y siempre quedaba un bocado para ella y para la gatita blanca que era su adoración; yo le recitaba poemas de Neruda mientras se fumaba un cigarro Delta y, como viejos amigos, oíamos la radio hasta medianoche, justo en el momento en que Polaris, anunciando la utopía que lleva a casa, se encendía como si fuera a explotar en mil silencios.







