OPINIÓNPORTADA

Amor más allá de las palabras

René Martínez Pineda

Sociólogo y Escritor, UES-ULS

Entre la bruma de las grietas de la iglesia olvidada, una utopía tomaba forma humana y jugaba escondelero con los grillos que sobrevivían al frío… y como mar tenebroso abriéndose paso en el silencio, aparecía el Nixtamalero, así le llamaba mi abuela, y le daba a la ciudad la razón para convocar a Xtabay, el demonio femenino que volvía locos a los hombres para obligarlos a entrar en el laberinto de lo imposible. Mientras el sueño caminaba hacia la cama, la noche se vestía con los relatos fantasmales que mi abuela desgranaba: la leyenda de la Ciguanaba que andaba en busca del amor perdido; las apariciones de muertos que se negaban a morir; el asombro de la televisión; las masacres de la carreta chillona de los militares; las escaramuzas del Justo Juez de la Noche para derrocar al General Martínez; las palabras que callaba; la infinita fortaleza de sus recuerdos que espantaban mi sueño y que al mismo tiempo me cantaban la canción de cuna más hermosa del mundo. Y entonces ya estaba dormido, pero ella seguía narrando la vida como si fuera un signo de muerte para que las hazañas que la vencían se metieran en mi almohada.

En esa edad en que me hizo creer que yo era el centro de su universo; en esos años en que los jóvenes vivíamos en peligro, está de más que diga que, en mi imaginario de pre-insurrecto, estaba seguro de que mi abuela Lidia era la persona más inteligente y buena…  cuando murió lo comprobé. Ella era la que despertaba a los gallos con su rumor inconfeso y esos animalitos cantaban celebrando su presencia.

Al nomás levantarme, me servía una taza de café y me daba los buenos días con la mirada, sin decir esas dos palabras protocolarias que para ella eran innecesarias y, con un firme gesto de su mano, ahuyentaba los malos sueños que de cuando en cuando tenía y, sin que le preguntara, me decía: “hay que tenerle miedo a los vivos, no a los muertos”, y luego sonreía al saber que había hecho recular al mundo de las cosas malas con once palabras. Los sueños que valen son los buenos, decía, como si estuviera hablando sola. Cuando mi abuela partía de este mundo -un 14 de mayo de 1980- y yo era un hombre prematuro a punto de graduarme de bachiller, comprendí que sería el fantasma de mi ópera porque me guiaría desde el otro lado de la memoria; un fantasma consecuente, ya que no podría significar otra cosa el hecho de que haya muerto tantito después de que fuese asesinado el hombre más amado del país; que, oyendo conmigo los poemas nostálgicos que como brujería salían de la vieja radio RCA, hubiese pensado: «El cielo nunca ha sido tan bonito como esta noche, es hora de subir». Dijo que era hora de subir porque el cielo estaba más bonito, no porque su vida fuera fea.

Esa fue mi abuela Lidia, la contadora de hazañas y espantadora de los hombres malos que preguntaban por mi paradero. El día de su muerte no se quiso levantar temprano para no despedirse de mí antes de que me fuera a estudiar, porque, de haberlo hecho, de seguro hubiera sacado con la escoba a la señora de la muerte, pero sí tuvo fuerza para despedirse de la gatita blanca que murió de tristeza, tres días después, porque no volvió a oír su voz.

Años después, me di cuenta de que mi abuela era la persona fija en mis escritos, debido a que, inconscientemente, esa fue mi estrategia y táctica para mantenerla viva, dibujando su rostro con las palabras sobrenaturales del país celeste al que se fue a vivir su muerte con una flor de dos pétalos en la mano y sin darle explicaciones a nadie. Mi abuela Lidia apagó los focos que titilan en el cielo y dejó encendido el candil de la casa para que siempre supiera dónde encontrarla en los días más oscuros que estaba a punto de vivir.

LPT Redacción

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