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Reinventar la universidad pública (II)

René Martínez Pineda (X: @ReneMartinezPi1)

Sociólogo y Escritor (UES-ULS)

Cuando la UES dejó de ser “la rectora de la educación superior”, se enfrentó a la paradoja de la personalidad sociocultural, pues dejó de ser una institución que fomenta la igualdad social (ante todo con su personal), debido a las crisis académicas y administrativas que la signan, con lo cual la figura de una universidad democrática y democratizada se convirtió en leyenda urbana.

En cuarto lugar, planteo la paradoja de la autonomía universitaria,expresada en la perversión de la democracia universitaria que, con la Reforma de Córdoba, pretendió darle poder a profesores y estudiantes en la toma de decisiones: en la elección de sus autoridades, al institucionalizar procesos viciados por el centralismo político de su Ley Orgánica (la Asamblea General Universitaria es la que elige, no la comunidad universitaria) que no respeta la decisión de esos dos sectores estratégicos) y al incorporar, con voz y voto, a los profesionales no docentes; y en la confusión deliberada que se promovió entre autonomía e impunidad, pretendiendo hacer de la universidad un Estado pequeño dentro del Estado grande.

A lo anterior, que no resuelve paradojas porque no se remueve a quien las sustentan, agreguemos que está en desuso la definición de los valores, cultura corporativa y misión de la universidad, ante todo los relacionados con la productividad científica de sus maestros (trabajar por producto académico, no por horas-nalga, que es como se mide el trabajo burocrático), y con la pertinencia educativa y responsabilidad social de reinventarse para reinventar al país. Hay que decir que, en producción científica, la UES está lejos de las universidades centroamericanas más productivas: de las 12 con mayor producción, la UES ocupa la posición 12.

Tal situación produjo la paradoja de la autonomía, convirtiéndola en una copia erudita de la impunidad y corrupción del régimen político que estaba signado por el fraude y clientelismo del bipartidismo (1989-2019). La paradoja de la autonomía ha sido la coartada para mercantilizar los servicios universitarios, lo que implica la privatización sectorial de la educación superior, sobre todo con la acreditación regida por organismos financieros externos. Sin duda, la acreditación no la dan los formatos, sino el ser “Escuela de Pensamiento” en las áreas del saber científico.

Ese contexto configuró la quinta paradoja, la que, por su alcance sociocultural, defino como paradoja de identidad, que es la que sustenta en el papel a las otras paradojas. Y es que la UES se sometió a lo administrativo, hasta convertirlo en el factor que domina a lo académico, cuando debería ser lo contrario.

Esa supremacía de lo administrativo (que cosifica el proceso educativo) se observa en la metodología de enseñanza que privilegia los formatos (lo fundamental es redactar el programa de cátedra siguiendo al pie de la letra su cronograma que garantiza las clases, mas no la educación que debería ser significativa, cuyo ritmo y readecuaciones provienen del perfil de cada grupo), lo cual la convierte en una universidad de papel, en una universidad de la forma sobre el contenido, y eso está siendo fomentado por las falacias neocolonizadoras de la acreditación, las competencias, las TICs y, últimamente, por la certificación de profesores con sólo recibir un curso en línea, relegando la experiencia, la producción científica y literaria (libros y artículos publicados) y el prestigio social.

Y es que, por ejemplo, un profesor que no ha publicado nada relevante, ni tiene la experiencia pedagógica que dan los años, puede ser “certificado” con un curso en línea, poniéndolo al mismo nivel de un graduado en didáctica y de un profesor con experiencia y con una producción científica importante, ya sea en investigaciones o en publicación de artículos. Los cursos en línea están bien, pero como acción actualizadora de cara a mejorar, en todo caso, la posición en el escalafón o en el pago de las horas-clase. Hay que decir que el profesor condecorado y productivo es el que se busca retener en las mejores universidades del mundo. En la universidad pública, el relevo generacional no es una cuestión de buscar profesores “jóvenes” para sustituir a los “viejos”, debido a que impartir clases, publicar artículos, romper paradigmas y hacer investigaciones relevantes, no tiene nada que ver con la edad. Más bien, el relevo generacional es el relevo de teorías, paradigmas, modelos y constructos culturales, los cuales son instaurados por los portadores preeminentes de la visión científica, y éstos pueden ser jóvenes o viejos. En docencia e investigación, el relevo generacional debe responder estas interrogantes: ¿qué necesita la universidad pública y el país? ¿profesores jóvenes, profesores viejos, profesores nuevos o nuevos profesores? Si la respuesta se perfila por la cuarta opción -el concepto “nuevo profesor” implica una reinvención de éste, independientemente de la edad- eso plantea un reto cuantitativo y cualitativo. Perifraseando a Barrere, la opción que se tome tiene que ver con la paradoja del abuelo, debido a que los profesores jóvenes son formados por los viejos (partimos de la premisa de que todos los profesores son eficientes y hasta brillantes, lo cual es un absurdo necesario para la explicación) a quienes no pueden negar por completo, aunque sí los pueden superar, siempre y cuando ese viejo profesor no se mantenga en constante movimiento.

Así, el relevo generacional en la universidad plantea problemas cuantitativos y cualitativos, ya que el reemplazo por “nuevos profesores” se efectúa en un momento en el cual la cultura profesional del medio depende, esencialmente, de rutinas inciertas. Si se piensa en “nuevos profesores” (más que en “profesores nuevos”) se piensa en nuevos paradigmas y nuevos modelos de pensamiento, investigación y enseñanza, pues -independientemente de su edad- al romper los paradigmas, los “nuevos profesores” rompen el hábitus profesional del comodismo que paraliza al hecho educativo y destruye la mística de trabajo. 

Partiendo del hecho irrefutable de que hay que reinventar la universidad pública, es necesario resolver sus paradojas, una de las cuales tiene que ver con la lógica generacional, la que hay que abordar como proceso continuo: ¿cómo y hasta dónde cambian las generaciones de académicos con el paso del tiempo? ¿es una cuestión de edad o de modelos de pensamiento por superar?

Hay que resolver las paradojas para que la UES vuelva a ser protagonista del desarrollo y transformación del país, recuperando su talante sociocultural y su legitimidad científica y académica como conciencia crítica de la nación y referente de la educación superior. Nadie cuestiona que, en el ámbito del surgimiento de las paradojas en la UES, se dieron sucesos nocivos durante el bipartidismo que trastocaron su labor, y esa es una herencia inobjetable que daña el presente y el futuro.

Sin embargo, una revolución académica es posible si es liderada por las personas adecuadas y consecuentes con la reinvención que vivimos (a quienes el título de “doctor” no les quede grande) y, de esa forma, puede colaborar en la formulación de políticas públicas, sobre todo las que garantizan que lo “público sea mejor que lo privado” (síntesis de la utopía social), incluida la educación universitaria. Los estudiantes y profesores con mística universitaria merecen que se realice esa revolución, junto a una intensa depuración que garantice la calidad educativa y la entrega. Asimismo, los estudiantes merecen recibir clases presenciales, las que han sido factibles desde 2021.

Lea También: Reinventar la universidad pública (I)

LPT Redacción

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