OPINIÓNPORTADA

El turno de los ofendidos

René Martínez Pineda (UES-ULS) Sociólogo y Escritor

Es febrero, y el país amanece indignado porque la perversión fascista aún circula por sus venas. Sin embargo, más allá de la intención de que el pasado vuelva a pasar, este territorio que crece día a día es mi país. Millones de mujeres en busca de la almohada correcta para soñar lo indecible e inolvidable; un manojo de hombres buenos que ya no tienen miedo de que su semen se evapore en el desierto de una tumba sin lápida.

Es febrero, y mi país camina con el culito parado, aunque lo acechen los buitres que quieren defecar sobre su soberanía. Mi país: océano de ilusiones renacidas luego de la rebelión más silenciosa de la historia, y en el que ya no desemboca el río de la sangre del pueblo extraída por los traidores del capirucho; millones de hombres sudando su salario bien habido, enfrentándose a la baba pestilente de un puñado de ladrones consuetudinarios y matarifes negacionistas del daño que parieron. En las calles de mi país, recién bañado para quitarle la escoria de la historia, cada ciudadano humilde es un héroe anónimo que sobrevivió a la Era de la Gran Delincuencia, y cada pregonero de la resurrección del victimario es un zope con gastos pagados; cada candidato de la infamia sin tiempo, es un mentiroso compulsivo que -haciendo pataletas y repitiendo frases que no comprende por falta de neuronas- exige democracia mientras conspira para robarle las papeletas al pueblo, porque ninguna de ellas está marcada con su rostro de perro viendo pasar el tren de las cinco de la tarde en punto.

Hace unas horas, vi a un candidato perdedor llorando a mares porque el escrutinio final no le favorece para seguir robando y matando al pueblo; lo oí vociferando herejías porque el dinero del pueblo ya no engordará su cuenta de ahorros; lo vi buscando su pasaporte para pedir asilo en un país sin extradición; lo vi llorando, a solas, porque ha perdido su maletín negro y tendrá que comprar ropa usada con olor a sobaco; lo vi reclamando porque la capital del país ya no será, nunca más, la capital de la muerte. Este es el paisaje de mi país en el que se enfrentan la mentira de los otros y la verdad de nosotros; el Estado delincuencial de los otros, y el Estado Social de nosotros.

Tengan valor, cobardes crepusculares, aunque los huevos estén caros por falta de gallinas coquetas y gallos emprendedores; tengan valor, traidores de la sopa de patas y del atol shuco en las gradas del Palacio Nacional. Confiesen, de una puta vez, que lo que les duele en el alma es que ya no tienen al pueblo sometido por los victimarios con escapulario; confiesen que dejaron al pueblo pagando lo que ustedes se robaron; confiesen, haciendo penitencia en la calle de la Amargura, que les duele saber que ya no podrán repetir las grandes comilonas para celebrar, entre ustedes, que la brújula apuntaba a sus bolsillos porque tenían la combinación de la caja fuerte del Ministerio de Hacienda. Confiesen, sinvergüenzas del capirucho sin falo, que ustedes privatizaron la sal para que no llegara al comedor de los pobres; confiesen que ustedes son los autores intelectuales de las cien mil muertes en la guerra social de pobres contra pobres, y que fueron, para terminar de joder, los administradores de las lágrimas de las madres que vieron partir a sus hijos hacia una frontera lejana, para no morir en una calle cercana.

Tengan decencia, portadores de la fiebre verde de la indignidad, y reconozcan que no pudieron matar de tristeza a su pueblo, a pesar de haberle privatizado la sonrisa y haber comprado todas las acciones de la empresa de la muerte, con fines de lucro, que fundaron con el capital semilla de los ombligos mal enterrados; acepten que, por ustedes y su traición, hasta hace poco el paisaje del volcán que nos custodia era un panteón abierto las 24 horas; reconozcan que, por ustedes, el vals de la Fiesta Rosa fue suplido por la milonga de las pompas fúnebres; confiesen que ustedes fueron los que pintaron el paisaje del miedo tomado de la mano de los pobres; confiesen que de ustedes es la piedra que quebró el barro del espíritu del excluido. A todo eso, ustedes le llamaban “democracia perfecta” porque tenía, en el dédalo de sus entrañas, la coartada perfecta para robar y matar impunemente; a todo eso le llamaron “cultura de paz”, sin especificar que se referían a la paz del cementerio. Esa era su democracia perfecta, ese era su símbolo patrio de la patria que, sin piedad, desplumaban a los pies del Salvador del Mundo. Cuando ustedes eran los dioses, en las bancas del parque Libertad se sentaban los hombres que perdían su libertad en el Montepío, junto a los que apenas sobrevivían al que les sacó primero el cuchillo. Allá arriba, ustedes; acá abajo, nosotros. Allá arriba, ustedes, haciéndose cirugía plástica para verse bonitos en el espejo del concubinato neoliberal; acá abajo, nosotros, comiendo en mesas sin carpintero; cobijándonos en paredes de adobe adornadas con la foto del hijo asesinado; estudiando a la luz de un candil sin subsidio; marcando los días en el calendario de los años pasados; coleccionando el álbum de boletas de empeño; viendo pasar los días amargos desde la ventana sin rostro del miedo; partiendo mil veces las migajas de un pan rancio para domar el hambre de nuestros hijos; remendando camisas que no aguantan otra lavada, ni otra mirada; y, sentado en una silla sin patas, persiste el abuelo que ya olvidó el nombre de sus nietos, pero no sus sonrisas y su olor a sándalo.

Esa era la realidad; ese era mi país; dos bandas de traidores y miles que moríamos diariamente sin glóbulos rojos en las venas. Yo no podía ser cómplice de la traición más grande de la historia y, por eso, sabiendo que es el turno del ofendido, me deshago en palabras, aunque me quede vacío el pecho.

Redacción LPT

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